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HISTORIAS DE MALVINAS, 40 AÑOS DESPUÉS

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01/04/2022

Hugo Escobar: "Nos subieron a la corbeta y seis días después nos enteramos donde estábamos"

Hugo Escobar: "Nos subieron a la corbeta y seis días después nos enteramos donde estábamos"
Hugo Escobar: "Nos subieron a la corbeta y seis días después nos enteramos donde estábamos"

En menos de 90 días, un grupo de soldados argentinos recorrió 13.700 kilómetros uniendo diversos puntos sobre el Océano Atlántico, en diversas condiciones. Primero, fueron como tropa de apoyo; el segundo tramo, se convirtieron en tropa de asalto; después pasaron a ser prisioneros de guerra y por último, asilados de la Cruz Roja Internacional. Sin transición, sin aviso, pasaron las vicisitudes más difíciles de un soldado en medio de una guerra.

Esa fue la experiencia del rionegrino Hugo Escobar, “colimba” clase 1962, integrante de un “grupo de mortero” e involuntario protagonista de la recuperación de las islas Malvinas y Georgias del Sur. Algunas semanas tarde, forzado excursionista hasta la isla Ascención, una fortificación británica a mitad de camino entre el Brasil y las costas de África, como prisionero de guerra.

En marzo de 1982, Hugo era un joven de 19 años y se lo consideraba un conscripto “viejo”, porque tenía sobre sus espaldas un año completo de instrucción en la base militar. Allí había hecho buenas migas con otro sureño, un neuquino, Jorge Águila. Y los dos soñaban con todo lo que iban a hacer en cuanto les dieran de baja. “El 27 de marzo nos embarcaron y nos hicimos a la mar; no sabíamos hacia dónde. Al soldado no se le explican estas cosas”, comentó. Así que subieron a la corbeta misilística ARA Guerrico y a cumplir órdenes. Los esperaban 1.460 kilómetros de un viaje complicado.

Fueron seis días de navegación en un mar difícil. “Prácticamente no podíamos comer nada, estábamos muy mareados al principio y no nos quedaba nada en el estómago. Lo que comíamos, lo vomitábamos, aunque después nos fuimos acostumbrando”, contó Escobar. “Era como andar jineteando un caballo arisco. Mar de 10, decían los marinos”, reflejó el veterano de guerra.

  • ¿Ustedes sabían que iban hacia las islas Malvinas? – insiste el periodista.
  • No sabíamos nada. Por la comunicación interna del barco nos enteramos que habían matado al capital Giachino, y ahí nos dijeron que estábamos en medio de la Operación Rosario. Nuestro barco iba en misión de apoyo. Después seguíamos hacia Georgias.

El desembarco en Puerto Argentino se había previsto para la madrugada del 1 de abril, pero las condiciones climáticas obligaron a pasarlo para el día siguiente. Allí murió en combate del capitán de fragata Pedro Giachino, mientras intentaba rendir la casa del Gobernador inglés. Los chicos siguieron viaje hacia Grytviken, capital de las Georgias del Sur.

“Estábamos bien entrenados… Nuestra preparación había sido muy intensa. Salíamos a las 6 de la mañana a las prácticas en el campo y volvíamos recién a las 5 de la tarde. En eso, la Infantería de Marina hacía la diferencia”, explicó. La pequeña tropa estaba preparada para desembarcar o para llegar aire. Esta última fue la alternativa que eligió la jefatura y entraron en dos helicópteros artillados sobre unas posiciones inglesas ya advertidas de la maniobra y que esperaban con las armas preparadas. Uno de los aparatos fue alcanzado por una ráfaga y cayó. Murieron dos soldados: uno era Águila; el otro, el comodorense Mario Almonacid. “Los conocía a los dos, pero lo de Águila es el día de hoy que me sigue doliendo”, contó.

Después de siete días, estaban por fin en tierra firme pero las sensaciones eran encontradas. Primero, la angustia de las muertes. Después, el miedo porque diversos sectores habían sido minados. Y por último, la tensión de la espera. ¿Vendrán por mar? ¿Llegarán desde las montañas que rodeaban a la capital? “Nosotros estábamos en un pozo de zorro y nos turnábamos para ir a comer, porque no se podía dejar sola la posición. Aunque los milicos nos decían que si íbamos de a uno, mataban a uno solo y quedaban dos… así que correr en zigzag esos 300 metros, comer en la oscuridad lo poco que te entraba en el estómago y después regresar con mis compañeros. Llegar y sentirse vivos, era lo más parecido a hacer un gol en un Mundial”, comentó.

Además, los soldados se sentían observados todo el tiempo. En medio de la inmensidad del mar, en el más absoluto de los aislamientos ya que la primera medida de la Task Force inglesa fue bloquear cielo y mar, con comunicaciones rudimentarias, la sensación de soledad era total. Y cuando llegaron los ingleses, “eran muchos, parecía media flota que estaba desembarcando en la isla. Nosotros seguimos tirando hasta después de la rendición. Tuvieron que ir a avisarnos que ya se había terminado todo”, dijo.

Pero no fue el final de los padecimientos: prisionero de guerra en un bungalow que había servido como laboratorio del servicio antártico inglés; después fueron trasladados a la isla Ascensión en un barco de aprovisionamiento de combustible, más de 5.500 kilómetros. Allí los entregaron a la Cruz Roja y en un avión holandés los entregaron en Montevideo.

“Los ingleses se empezaron a portar bien después que ganaron. Mientras tanto, el maltrato era constante. Los gritos, los golpes, las manguereadas… En todo momento estábamos encerrados y vigilados con armas. Para nuestras necesidades nos dieron un tacho… y comíamos en el mismo lugar así que podés imaginarte el olor que había”, explicó Escobar. Pero más allá de lo personal, el dolor que queda es por el amigo muerto. “Con Jorgito Águila éramos muy cercanos y eso no se olvida nunca”, puntualizó.

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