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01/09/2026

“Estos dibujos serán testimonio de mi paso”: la obra de Héctor Mutchinick y la memoria de la ciudad

Sin formación artística, Héctor Mutchinick retrató durante años comercios, viviendas, calles y paisajes de Roca. A más de tres décadas de su muerte, su hija Juliana reconstruyó con ANR la historia detrás de una obra que hoy también guarda parte de la memoria de la ciudad.
Hector Muchitnik falleció en 1994, cuando iba camino a una exposición en Roca. "Nunca llegó a saber el enorme legado que dejó con sus dibujos" expresó su hija. Foto cortesía
Hector Muchitnik falleció en 1994, cuando iba camino a una exposición en Roca. "Nunca llegó a saber el enorme legado que dejó con sus dibujos" expresó su hija. Foto cortesía

Por Agustín Aroca

En un nuevo aniversario de Roca, la historia de Héctor Mutchinick vuelve a poner en escena a un vecino cuya obra dejó registrados comercios, edificios, esquinas y paisajes de una ciudad que fue transformándose con el paso de las décadas. Aunque no nació en Roca, fue aquí donde desarrolló gran parte de su vida, formó su familia y encontró los escenarios que luego trasladaría a sus dibujos. Mientras trabajaba en el corralón ubicado en la esquina de Maipú y 9 de Julio, comenzó una actividad que, con el tiempo, daría lugar a cerca de un centenar de obras distribuidas entre instituciones, comercios, amigos y vecinos.

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“Caminando estas calles se esfumó mi niñez, mi juventud gritó en ellas su alegría y lloró su pena. En una de estas casas nacieron mis hijos y están mis amigos, bajo uno de estos techos se fueron un día mis padres. Entre una de estas paredes yo una vez te dejaré y estos dibujos serán testimonio de mi paso”.

Con esas palabras, Héctor Mutchinick presentó por primera vez sus dibujos ante el público en los años 90. La frase, elegida para acompañar una de sus primeras exposiciones, sintetizaba el vínculo que había construido con Roca y que luego trasladaría a cerca de un centenar de obras en blanco y negro realizadas con su lapicera.

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"Siempre tenía una lapicera y un pucho en la mano" expresó Juliana, su hija. Foto: Juliana Mutchinick.

 

Sin formación académica en dibujo, Mutchinick comenzó a plasmar edificios, comercios, esquinas y paisajes como una actividad personal. Con el paso de los años, esos trabajos quedaron distribuidos entre instituciones, comercios, amigos y vecinos, mientras otros fueron expuestos en distintos espacios culturales de la ciudad.

Su hija Juliana Mutchinick dialogó en exclusiva con ANR en su casa de Neuquén, donde reside desde hace años, y repasó la historia de su padre, sus inicios y el recorrido que llevó a sus dibujos a convertirse en registros de distintos sectores de la ciudad.

Héctor Mutchinick no había nacido en Roca. Su familia llegó desde la provincia de Buenos Aires y él pasó parte de su juventud en la ciudad antes de partir para estudiar Medicina. Cursó algunos años de la carrera, cumplió luego con el servicio militar y finalmente regresó. Fue entonces cuando Roca pasó a convertirse en el lugar donde desarrolló su vida familiar y laboral.

“Su lugar en el mundo lo encontró en Roca”, resumió Juliana sobre el amor que tenía Héctor por la ciudad y por sus afectos. Mutchinick trabajó inicialmente en una librería y luego se incorporó al corralón familiar. En paralelo, comenzó a desarrollar distintas actividades vinculadas con el arte y la producción manual.

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Su hija recordó que primero realizaba caricaturas y también trabajaba con yeso. Entre otras producciones, llegó a reproducir figuras a partir de moldes que luego regalaba a amigos y conocidos. También coleccionaba piedras y tenía interés por distintos aspectos vinculados con la cultura.

“Él nunca estudió nada relacionado con el dibujo, empezó como un hobby y ni siquiera sabía lo que iba a dejar después de su muerte”, explicó Juliana sobre el legado y la importancia de los dibujos de su padre. Según recordó Juliana, en sus primeros tiempos utilizó distintas lapiceras hasta que encontró una Rotring, herramienta con la que realizaría gran parte de sus obras. A partir de allí comenzó a recorrer distintos sectores de Roca y sus alrededores, observando construcciones, comercios y paisajes que luego trasladaba al papel.

El método era directo: Mutchinick se detenía frente a un lugar de la ciudad que le llamaba la atención, realizaba un bosquejo general y luego completaba el trabajo con una regla y su lapicera. Si algún detalle no coincidía con lo que recordaba, volvía al lugar.

“Bosquejaba las líneas generales y después se sentaba a dibujar. Si le quedaba alguna duda sobre un cartel, una planta o algún detalle, volvía así sean las cuatro de la madrugada”, relató su hija sobre aquellos años en los que veía dibujar a su padre. En muchos casos, comenzaba y terminaba una obra durante la misma jornada. El proceso incluía una importante cantidad de detalles y un trabajo de puntillismo para representar luces, sombras y distintas texturas.

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"Es un orgullo que él haya sido mi papá, era muy querido por todo el mundo" expresó Juliana en diálogo exclusivo con ANR. Foto Agustín Aroca

 

Mutchinick nunca buscó convertirse en dibujante ni siguió una formación artística. Según contó Juliana, simplemente comenzó a dibujar y descubrió una capacidad que hasta entonces desconocía. “Algo, una mano invisible, lo llevaba a dibujar”, explicó al reconstruir los primeros años de esa actividad. Primero fueron caricaturas hasta que encontró en el dibujo una forma de expresarse. Con el tiempo, aquello que había comenzado como un pasatiempo se transformó en una producción sostenida, en la que volcó su manera de observar los lugares que recorría y los detalles que encontraba en ellos.

Los dibujos no buscaban funcionar como una reproducción exacta de una fotografía. Para Juliana, la intención de su padre estaba relacionada con registrar lugares y conservar referencias de una ciudad que comenzaba a modificarse. Recordó que él siempre decía que quería “plasmar lo que va desapareciendo”. Ese registro incluyó cerca de un centenar de dibujos de comercios, viviendas, bodegas, calles, edificios y esquinas de Roca. Algunos de esos lugares todavía conservan parte de su estructura original, mientras que otros fueron reemplazados por nuevas construcciones o actividades comerciales.

Las obras también incluían pequeños elementos que no siempre respondían exclusivamente a la arquitectura. Grafitis, corazones, iniciales, mensajes y referencias a amistades aparecían incorporados en paredes, carteles y fachadas. Algunos incluían expresiones vinculadas con la época, mensajes dirigidos a familiares o consignas como “No a la droga”.

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Según expresó su hija, Héctor era un hombre sumamente sentimental y lo demostraba con gestos día a día. Foto Agustín Aroca 

 

“Para los que lo conocíamos, había detalles que sabíamos qué significaban, había mensajes para amigos y para la familia”, contó su hija. Esa característica también llamó la atención de estudiantes que visitaron algunas de sus exposiciones. Juliana recordó especialmente una muestra en la que participaron escuelas y donde los chicos se detenían frente a esos pequeños elementos incluidos en los dibujos.

Mutchinick no se consideraba a sí mismo un dibujante y cuando fue invitado a realizar exposiciones, incluso manifestó cierta incomodidad porque no tenía estudios ni formación artística. Su hija explicó que a él le daba verguenza porque no se autopercibía dibujante y sentia que era una falta de respeto para los artistas de la ciudad.

Sin embargo, sus trabajos comenzaron a circular en distintos espacios culturales y se vinculó con artistas locales. Frecuentaba la Casa de la Cultura y mantuvo contacto con referentes del ambiente artístico de la ciudad. Una de sus primeras exposiciones llevó el nombre de “Testimonio”, título que también se relacionaba con la frase elegida para presentar sus obras ante el público.

Con el tiempo, los dibujos comenzaron a distribuirse por distintos lugares y muchos fueron regalados directamente por Mutchitnick a sus seres queridos. Un amigo podía pedirle que dibujara una vivienda o un comercio y él realizaba el trabajo para entregárselo. Por ese motivo, no existe un registro preciso de la cantidad total de obras. “Se habla de cerca de 100 cuadros, pero pueden ser más, no tenemos una cantidad exacta porque él los regalaba”, explicó Juliana.

“La propia Juliana conserva uno de los originales que su padre realizó para ella cuando era adolescente: un dibujo del boliche bailable Aquelarre, cuya fachada todavía conserva similitudes con la retratada en aquella obra.”

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Juliana junto al cuadro que su padre le dedicó especialmente en sus 15 años. Foto Agustin Aroca ANR

 

Mutchinick falleció el 27 de abril de 1994, a los 9 de la noche aproximadamente, mientras se encontraba en su auto. Según relató su hija, se dirigía a una actividad vinculada con una exposición artística. Después de su muerte, parte de su obra continuó apareciendo en muestras y homenajes y  recibió reconocimientos vinculados con el valor de sus dibujos como registros del paisaje urbano regional. En una declaración institucional sobre su producción se destacó que sus obras, centradas en la reproducción mediante dibujos del paisaje urbano de la región, resultaban relevantes para la preservación del patrimonio cultural rionegrino.

Como padre, Juliana lo recuerda como una persona presente y cercana, con quien podía hablar de distintos temas y compartir actividades cotidianas. Como amigo, lo describe como alguien con facilidad para relacionarse con personas de distintas edades y con una marcada predisposición a ayudar. Algunos amigos de sus hijos también frecuentaban su casa y mantenían con él un vínculo propio. “Tenía amigos que eran como si los hubiera adoptado”, recordó Juliana. Esa cercanía también se trasladaba a su actividad: muchos de los dibujos que realizó fueron pedidos o regalados a amigos, conocidos e instituciones. Incluso después de su muerte, Juliana recibió a personas que se acercaron para contarle alguna ayuda que habían recibido de su padre y que la familia desconocía.

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Según explicó Juliana, una de sus hijas salió con el don de su abuelo. "Veo los dibujos que hace, sin estudiar nada, y tiene el trazo de papá" contó a ANR. Foto cortesía

 

Juliana contó que su hija, que estudia Arquitectura, tiene una facilidad innata para el dibujo y suele realizar trabajos que le recuerdan a los de su abuelo. “Tiene ese don”, señaló, aunque aclaró que ni ella ni sus hermanos continuaron con la actividad artística de su padre. 

Juliana explicó que actualmente parte de los originales se encuentran resguardada junto con otros materiales de su padre y adelantó que busca avanzar en su digitalización y conservación. 

“Estos dibujos serán testimonio de mi paso”: la obra de Héctor Mutchinick y la memoria de la ciudad
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