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16/05/2026

“El enfermero está en el nacimiento y en la muerte”: dos historias de vida que sostienen la salud pública en Roca

Pasaron gran parte de sus vidas dentro del Hospital de Roca. Vieron crecer servicios, estuvieron en la guardia atendiendo situaciones críticas y atravesaron pandemias. Hoy, desde el CAPS de Stefenelli, siguen sosteniendo una tarea silenciosa: cuidar y acompañar a quienes llegan buscando respuestas.
Darío y Marcela, del lado derecho, junto a sus compañeras del CAPS, Ruth Sánchez y Mirta Muñoz. Foto: Tania Domenicucci
Darío y Marcela, del lado derecho, junto a sus compañeras del CAPS, Ruth Sánchez y Mirta Muñoz. Foto: Tania Domenicucci

Hay personas que conocen un hospital como pocos. No por haberlo visitado una vez, ni por haber atravesado una internación, sino porque prácticamente pasaron allí una vida entera. Porque vieron construir paredes, abrirse servicios, llegar nuevas complejidades y sostener pacientes en medio de muchas adversidades. 

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Darío Valladares y Marcela Parra son parte de esa historia silenciosa que muchas veces queda detrás de las puertas de un hospital. Dos enfermeros históricos del sistema de salud pública de  Roca que, tras décadas de trabajo en el Hospital Francisco López Lima, hoy continúan su tarea en el Centro de Atención Primaria de la Salud (CAPS) de Stefenelli, donde junto a otros trabajadores y trabajadoras sostienen una red comunitaria indispensable.

Ambos son testigos de un recorrido repleto de recuerdos, heridas, aprendizajes y una convicción compartida: la salud pública se sostiene, sobre todo, por  sus trabajadores. 

“Yo soy segunda promoción de egresados de la Escuela de Enfermería de Río Negro, en el año 88, y empecé a trabajar en el hospital en septiembre de 1989, nueve meses después ”, cuenta Darío.

Darío Valladares lleva más de 30 años ejerciendo la enfermería dentro del sistema público de salud. Foto: Tania Domenicucci
Darío Valladares lleva más de 30 años ejerciendo la enfermería dentro del sistema público de salud. Foto: Tania Domenicucci

Dice haber visto “la evolución del hospital”, desde un sistema más cerrado hacia uno más amplio, con servicios especializados y una mayor presencia territorial. Recuerda cuando estuvo al frente de la Unidad de Vigilancia Intensiva, años antes de que se inaugurara formalmente la terapia intensiva de adultos, y habla del crecimiento de áreas históricas como neonatología, durante años de referencia en toda la Norpatagonia.

También menciona la expansión hacia nuevas formas de atención: internación domiciliaria, cuidados paliativos, atención oncológica y terapias pediátricas que fueron apareciendo con el tiempo.

“Hemos salido de un hospital cerrado a un hospital más abierto”, resume. Y destaca especialmente el fortalecimiento reciente de los centros de salud, con ampliación horaria para acercar la atención a los barrios. En Stefenelli, por ejemplo, comenzaron a trabajar por las tardes desde hace un mes. Pero la historia del hospital también es la historia de una ciudad que creció.

“Hoy vemos cómo una ciudad de alrededor de 140 mil habitantes ha crecido sustancialmente y los servicios también crecieron. Quizás aún no hemos llegado a todo lo que requieren los ciudadanos”, reflexiona, aunque enseguida vuelve sobre una idea central: la capacidad de respuesta del sistema muchas veces depende del capital humano.

“Hay que rescatar la capacidad de respuesta que tiene todo el recurso humano, desde servicios generales hasta alta complejidad”, señala sin dejar de sostener que es elemental contar con una buena infraestructura.

Marcela Parra ingresó apenas dos años después, en 1991. Pasó por prácticamente todos los servicios, aunque encontró su lugar en ginecología y obstetricia, áreas a las que todavía menciona con afecto. “Mi vida ha pasado por el hospital”, dice, casi como una síntesis de más de tres décadas de trabajo. Le faltan apenas dos años para jubilarse y actualmente trabaja en atención primaria, una etapa que también disfruta: “Siempre digo que hago lo que me gusta”.

Marcela, también enfermera, está a dos años de jubilarse. Foto: Tania Domenicucci
Marcela, también enfermera, está a dos años de jubilarse. Foto: Tania Domenicucci

Su relato tiene algo de memoria colectiva. Habla de un hospital de complejidad 6, receptor de derivaciones de toda la región, y de la importancia de un sistema que debe responder demandas cada vez más complejas. Pero sobre todo habla de presencia.

“El hospital siempre está abierto a todos los ciudadanos. Me incluyo no como profesional, sino como ciudadana: es el único lugar donde no nos van a decir que no y siempre nos van a atender”, afirma. Entre los recuerdos más difíciles aparecen escenas que no se olvidan.

Darío pasó buena parte de su carrera en servicios de alta complejidad y guardia central, lugares donde la urgencia no da respiro. “Hay momentos de mucha tristeza. Uno atiende con pasión y trata de colaborar para que la persona se recupere, pero queda una angustia posterior. El llanto de un padre cuando un hijo está grave, o al revés, son situaciones muy fuertes”, recuerda.

Las guardias, dice, "históricamente estuvieron colapsadas". En invierno, aún más. Y después, la pandemia.

“Fue tremendo. Desbordó todo tipo de situación y capacidad de respuesta del sistema de salud nacional, tanto público como privado”, resume.


Marcela suma otras postales difíciles. Habla de motines, emergencias masivas, epidemias y jornadas interminables. “Vivimos el primer motín grande de la provincia, estuvimos 48 horas trabajando. Vimos la muerte y todo lo que te imagines, y también lo que no te imaginas. Yo tenía hijos chicos, no existía el celular y llegué un día después a mi casa”, recuerda. Ella sostiene que no era parte de un "heroísmo" sino de la necesidad de quedarse cuando más hacia falta.  Después vendrían la gripe A, nuevos episodios de crisis y el COVID-19. También pérdidas dolorosas: compañeros que murieron atravesados por las consecuencias del coronavirus al ser la primera línea de batalla, al recibir a las personas contagiadas, ser quienes las trasladaban y quienes pasaban día y noche en la Unidad de Terapia Intensiva.

Hoy, lejos de las guardias de máxima complejidad, ambos continúan trabajando en el CAPS de Stefenelli, un espacio que describen como una primera línea silenciosa, donde se atienden no sólo enfermedades sino también problemas sociales profundos. Allí, junto al equipo interdisciplinario, realizan atención integral, acompañamiento, trabajo territorial y consejerías en escuelas con profesionales de psicología, trabajo social y agentes sanitarios.

Dario y Marcela, junto a su compañera Mirta que lleva 18 años ejerciendo. Foto: Tania Domenicucci
Dario y Marcela, junto a su compañera Mirta que lleva 18 años ejerciendo. Foto: Tania Domenicucci

“El entramado social que atendemos es complejo”, explica Darío. Las dificultades económicas, la vulnerabilidad y las situaciones familiares atraviesan gran parte de las consultas. Y muchas veces el centro de salud termina siendo también un espacio de escucha y contención. En ese punto, ambos coinciden en destacar el vínculo con la comunidad y la importancia de la cercanía.

“Nosotros hacemos mucho hincapié en el trato al paciente. Más allá de todo, hay que abrir la puerta, decir buen día y respetarlo”, sostiene Darío recordando su principal lema cuando ejerció como jefe del Departamento de Enfermería. Cuando habla de su profesión, lo hace desde una definición que repite como una bandera: “Somos el corazón del hospital”.

No es una frase casual. Dice que el personal de enfermería está siempre: cuando nace un bebé, cuando alguien atraviesa una internación prolongada, cuando hay que coordinar con otros servicios o cuando una persona enfrenta sus últimas horas.

“El enfermero está en el nacimiento y en la muerte. Generalmente las personas nacen de la mano del enfermero y también mueren de la mano del enfermero”.

Y aunque menciona las dificultades —infraestructura que a veces no alcanza, salarios bajos para una profesión altamente exigente y sistemas tensionados por la demanda— elige poner el foco en otra parte: la vocación.

Porque después de más de 30 años de guardias, noches sin dormir, emergencias, pandemias y dolores compartidos, tanto Darío como Marcela siguen llegando cada mañana al CAPS de Stefenelli donde se enfrentan con una realidad cada vez más compleja. 

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