Publicidad
 

ANÉCDOTA

|
15/05/2026

Joaquín Levinton reveló qué hizo Leandro Paredes para que él se sintiera humillado

Por qué Joaquín Levinton se sintió “humillado” al cruzarse con Leandro Paredes

En un contexto donde los encuentros inesperados pueden definir la narrativa de una velada, Joaquín Levinton se encontró, casi por casualidad, con una historia digna de ser recordada: aquella vez que se cruzó con Leandro Paredes, jugador de la Selección Nacional, en una fiesta. Lo que comenzó como una noche prometedora, rápidamente se tornó en una experiencia que lo dejó con una sensación de humillación que nos recuerda que, a veces, es difícil estar a la altura de nuestros propios estándares en el mundo social y glamuroso.

La noche en cuestión había empezado bien para Joaquín Levinton. Con entusiasmo y confianza, se había preparado para asistir a una fiesta, seguro de su elección de vestuario. La descripción que nos ofrece sobre su confianza inmediata antes de partir revela cómo se sentía: “Estaba re empilchado y me veía re fachero. Pensaba: 'Oh, qué fachero que soy. Soy un genio'”. Es un sentimiento comprensible para cualquiera que alguna vez haya sentido que estaba teniendo un buen día de estilo.

Sin embargo, la percepción de ser espectacularmente atractivo y a la moda cambió abruptamente al llegar a la fiesta y ver a Leandro Paredes hacer acto de presencia en un impecable traje de Armani. Un instante poderoso, que describió diciendo que Paredes estaba "hermoso, una belleza", redefinió los límites de lo que Levinton consideraba "vestirse bien". Este vistazo a la moda sublime hizo que, por repetición, se enfrentara a lo frágil que puede ser nuestra autoestima ante comparaciones inesperadas con gente reconocida por su estilo, más aún cuando esa comparación es involuntaria y pública.

Lee también: La nueva vida de Lucía Celasco, la nieta de Susana Giménez lejos de la fama y enfocada en un negocio inesperado

En ese preciso momento, Levinton, más acostumbrado a criticar la exactitud musical y el arte sobre el escenario, se vio enfrentado a un espejo. Mirándose a sí mismo con una mirada que rara vez tiene que dirigir, su percepción estética fluctúa y lo golpea un reconocimiento casi derrotista de sus anteriores pensamientos: "Soy una cucaracha. Dios mío, qué guachada“ palabras que declararon su derrota ante el espejo comparativo de la elegancia inesperada de Paredes.

No se trata solo de moda. Es una escena que, dramatizada con humor, nos incita a reflexionar sobre nuestras propias inseguridades, aquellas pequeñas dudas que nadie realmente ve pero que pesan mucho en momentos donde creemos que la competitividad está en su máxima expresión. Lo que el músico intenta expresar es universal, un recordatorio de que siempre habrá alguien a quien miraremos con admiración o con desazón competitiva.

En el fondo, Levinton no culpa a Paredes ni se autocompadece; lejos de eso, transforma todo en un relato de superación personal que recuerda al público que la seguridad es un elemento clave para navegar por situaciones donde el glamour o la estética puede deslumbrar hasta al más seguro de los mortales. Porque en el arte de sobrellevar la incomodidad personal, encontrar la gracia cuando más abrumador es compararse puede convertirse en nuestra mejor aliada para semejantes desafíos. Finalmente, la autocrítica jamás deberá ser más fuerte que el aprecio auténtico de ser uno mismo.

Lee también: Quién es Dolores Galán, la mujer que enamoró a Mario Pergolini hace más de 35 años