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09/11/2025

Nilda Martinangeli, el legado vivo que sostiene Fundación Ninquihué desde hace 30 años

Actualmente, son 22 chicos los que van a la fundación, pero son incontables la cantidad de niños y adolescentes que pasaron por la Fundación.
A punto de cumplir 70 años, reconoce que la fundación es su segunda casa. (Foto Tania Domenicucci)
A punto de cumplir 70 años, reconoce que la fundación es su segunda casa. (Foto Tania Domenicucci)

No cualquiera puede estar tres décadas al servicio de los más necesitados. Pero Nilda Martinangeli está por cumplir 70 años y la mitad de su vida se dedicó a ser la coordinadora de la Fundación Ninquihué, un proyecto que apunta a dar libertad, tanto a niños como adolescentes, de perseguir un futuro mejor. 

Ninquihué es una casa de familia que todos los días abre sus puertas a las 8 de la mañana. Mientras Nilda va en busca de la bolsa de pan, dos operadoras preparan el té, lavan las tazas a la espera de que lleguen los niños. 

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Ninquihué surge en 1990 como un proyecto impulsado por dos religiosos marianistas. (Foto Tania Domenicucci)

Son 14 los chicos que llegan con sus mochilas directo a bañarse, desayunar para después ponerse a hacer las tareas en la biblioteca de la fundación, donde los esperan las tablas de multiplicar en la pared, los libros y la paciencia de las operadoras que los acompañan.

Los más chiquitos tienen tres años y la más grande está en cuarto año en secundaria. “Los sostenemos hasta que terminan la escuela y los orientamos a seguir una carrera universitaria. Tratamos de acompañarlos en lo que necesiten, pero siempre dejamos el lugar a los que están en situación más vulnerable”, explica Nilda Martinangeli, fundadora y coordinadora del espacio.

Ninquihué surge en 1990 como un proyecto impulsado por dos religiosos marianistas, el hermano Andrés Tocallini y la hermana Marcela Fortín. En una ciudad tan chica como lo era General Roca crecía una necesidad tan grande como lo era atender a chicos y adolescentes que consumen drogas. 

“La propuesta fue ofrecer una merienda, un mate cocido, una leche, un pan con dulce” dice Nilda. (Foto Tania Domenicucci)

“Eran los llamados chicos bolsitas, que se bolseaban con poxiran, muy chicos eran”, recuerda Nilda, que se sumó al grupo voluntario convocado desde la parroquia.

Algunos eran nacidos y criados en la ciudad, tenían problemas en sus casas y terminaban buscando refugio en la calle. Otras habían escapado de sus casas en Buenos Aires y llegaban a Roca colgados del tren. Sus vidas transcurrían en las vías y en Supermercado Tía, donde acomodaban carritos para juntar un par de monedas. 

“La propuesta fue ofrecer una merienda, un mate cocido, una leche, un pan con dulce” dice Nilda, sin saber que en poco tiempo esa pequeña asistencia se convertiría en una red invaluable de contención diaria. 

“El invierno nos empujó a hacer más. Empezamos a cocinar tres veces por semana y después todos los días. La comida era una manera de que dejaran de consumir el pegamento que les quitaba el hambre”, relata.

Con el tiempo, el grupo consiguió un espacio propio, un terreno municipal y en 1997 el proyecto se formalizó como Fundación Ninquihué. Para los 2000 ya tenían la personería jurídica y el terreno ya estaba a su nombre, por lo que empezaron a agrandar las instalaciones. 

“No había baños, ni cocina, ni nada. De a poco fuimos armando todo para que los chicos pudieran dormir bajo techo y comer todos juntos en la mesa”, explicó Nilda. 

Actualmente, son 22 chicos los que van a la fundación, pero son incontables la cantidad de niños y adolescentes que pasaron por la Fundación en busca de un plato de comida, una contención, una estructura para sostenerse y estudios para enfrentar la vida.

“Del cien por ciento de los chicos que pasaron, la gran mayoría logró salir adelante" (Foto Tania Domenicucci)

“Del cien por ciento de los chicos que pasaron, la gran mayoría logró salir adelante, tener su familia, su casa, un trabajo digno”, dice con orgullo Nilda y cuenta algunas de las tantas historias de vida que pasaron por la Fundación. 

“Hay un chico que venía desde los 10 años a Ninquihué, ahora trabaja en una panadería y todos los días me da la bolsa de pan cuando voy a comprar para el hogar. Una chica que está en tercer año de Artes Audiovisuales del IUPA y también uno que hoy está en una empresa petrolera. Es un proceso lento, pero cuando ves esos resultados, entendés que vale la pena”, explica. 

A punto de cumplir 70 años, reconoce que la fundación es su segunda casa. “La mitad de mi vida acá dentro y voy a estar hasta cuando pueda. Pero para mí llegar a fin de año, agarrar un boletín o estar presente en una entrega de certificado de egreso de séptimo grado o de secundaria es una satisfacción” concluye.

Nilda Martinangeli, el legado vivo que sostiene Fundación Ninquihué desde hace 30 años
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