De Sierra Colorada a Roca: 22 años arriba de un colectivo y una ciudad que ya siente como propia
Por Agustín Aroca
Juan Pereyra llegó a Roca desde Sierra Colorada en 2005 con una prioridad: conseguir trabajo. Una semana después se sentó por primera vez al volante de un colectivo. Nunca había manejado uno y, desde entonces, como él mismo dice, “no me bajé más”.
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Juan tiene 51 años y nació en Sierra Colorada, un pequeño pueblo de la Línea Sur rionegrina. Allí comenzó su relación con los vehículos desde muy chico, cuando aprendió a manejar junto a su padre. Al recordar aquellas primeras experiencias, contó que “tenía nueve años y corríamos las camionetas”.
Con el tiempo manejó camionetas y algunas trafic, aunque nunca había conducido un colectivo. Eso cambió apenas llegó a Roca y consiguió trabajo. “Vine buscando trabajo hace 22 años, a la semana me senté arriba de los colectivos y de ahí no me bajé más”, contó sobre aquel comienzo.
Con los años también formó su familia en la ciudad. Su esposa es oriunda de Valcheta y estaba estudiando en Roca cuando se conocieron. Comenzaron una vida juntos, tuvieron un hijo y construyeron acá su hogar. Aunque parte de su familia continúa lejos, Juan asegura que la ciudad ya ocupa un lugar tan importante como aquel en el que nació: “Roca me gusta y la voy a querer como mi pueblo natal, como Sierra Colorada, que soy de allá”.
En todo este tiempo también la vio transformarse. “En estos 22 años la he visto crecer mucho, ojalá que siga para más”, resumió sobre una Roca que recuerda bastante más chica y tranquila cuando llegó.
Una jornada que empieza a las 4 de la mañana
La jornada laboral de Juan comienza cuando buena parte de la ciudad todavía duerme. Cada día se levanta a las 4 para dirigirse hacia el Parque Industrial, donde se encuentran las unidades de la cooperativa de colectivos 1 de Septiembre. Actualmente realiza el recorrido que une las dársenas de calle 25 de Mayo con barrio Aeroclub.
Son ocho horas de trabajo y una rutina que sostiene desde hace más de dos décadas. Juan reconoce que el paso del tiempo se siente, pero también habla de otro costo menos visible del oficio: los horarios hicieron que muchas veces tuviera que resignar momentos con sus afectos. “Se lleva, pero uno se pierde muchas cosas, se pierde cumpleaños, se pierde muchas cosas. Yo estoy lejos de mi familia y solamente estoy con mi señora y mi hijo”, contó, afirmando que a pesar de eso, todavía disfruta de su profesión y asegura que le encanta manejar.
Juan también fue testigo de los cambios que atravesó el transporte urbano. El colectivo con más años de actividad recordó que cuando comenzó había más frecuencias y unidades circulando por los barrios: en una época, por ejemplo, había seis colectivos prestando servicio en Barrio Nuevo, cinco en Gómez y cuatro en Aeroclub.
Uno de los momentos que marcó al sistema fue la interrupción del servicio durante 2020. Según su mirada, aquellos meses hicieron que muchos vecinos buscaran otras formas de movilizarse y parte de ellos ya no regresó al colectivo. “Al no haber transporte, la gente compró vehículos, bicicletas y motos y ahora hay que hacerse de nuevo”, recordó.
Durante aquella suspensión, Juan dejó temporalmente Roca y pasó unos dos meses en Valcheta. No consiguió otro trabajo y, cuando comenzó a organizarse nuevamente el transporte mediante la cooperativa, lo convocaron para regresar.
Aeroclub: su recorrido y una familia arriba del colectivo
Actualmente, Aeroclub ocupa buena parte de sus jornadas y es allí donde construyó uno de los vínculos más cercanos con los pasajeros. De todos modos, después de tantos años manejando por distintos barrios, asegura que lo reconocen prácticamente en cualquier recorrido. “En realidad me conoce todo el mundo, hace 22 años que ando y me conocen. Me mandan a Barrio Nuevo y hay gente que me conoce, me mandan a Gómez y hay gente que me conoce”, contó.
En Aeroclub, la relación cotidiana hizo que muchas caras se volvieran familiares. Todos los días suben los mismos vecinos y estudiantes y, con el paso del tiempo, el vínculo deja de limitarse a un chofer y sus pasajeros. Juan lo explica de una manera mucho más sencilla: “Ya después te agarran a querer”.
Ese trato también es parte del oficio. Juan sabe que no todas las personas ni todas las jornadas son iguales y que detrás del volante hay que aprender a manejar algo más que el colectivo. “Hay gente que te saca y hay gente que no, hay que saber llevarla también”, sostuvo. En todos estos años asegura que nunca tuvo un conflicto grave y lo atribuye, en buena medida, a una regla propia: “Yo trato de ser correcto. Veintidós años sin ningún problema grave hay que llevarlos”.
Acostumbrarse a manejar un colectivo llevó su tiempo. Las unidades tienen entre 11 y 12 metros y Juan recuerda que al principio debía prestar especial atención a cada maniobra. “Cuando sos nuevo hasta te podés llevar los mismos cordones, pero después le agarrás la mano y lo estacionás en cualquier lado”, explicó.
Aun después de miles de horas detrás del volante, buena parte de su atención sigue puesta en los espejos y en anticipar los movimientos de los demás vehículos. En todos estos años, asegura, nunca sufrió un accidente de gravedad. La responsabilidad aumenta durante los eventos masivos. Juan recuerda que en fechas como la Fiesta Nacional de la Manzana o el aniversario de Roca llegaron a llevar hasta 100 personas en una unidad. En esas jornadas, pero también en cualquier día común, considera fundamental mantener la calma incluso cuando del otro lado no ocurre lo mismo.
Al hablar de esa parte del trabajo, Juan explicó que el chofer debe aprender a lidiar con los malos momentos de los pasajeros sin trasladarlos al manejo. “Hay que tener buen genio, es lo importante, aguantar un montón de cosas, porque a veces te putean, pero la gente tiene más malos días que nosotros. Nosotros tenemos que venir con la mejor cara y aguantar, porque siempre el beneficiario es el pasajero”, afirmó.
Del monedero y la planilla a la SUBE
En más de dos décadas, Juan también vio cambiar por completo la manera de cobrar el boleto. Cuando comenzó, los choferes trabajaban con billetera y boletera y recuerda boletos que llegaron a costar 25 centavos. Mientras manejaban tenían que cobrar, entregar el vuelto, controlar el dinero y completar las planillas.
Aquella combinación generaba situaciones que hoy prácticamente desaparecieron. Juan recordó especialmente las discusiones por las monedas: “Antes era renegar con el cambio y con el vuelto, la gente te pagaba con un billete grande, no te traía justo y quería las moneditas, y a veces no las teníamos. Ahí había más pelea”.
Las planillas tampoco esperaban a que terminara el recorrido. Al comparar aquella forma de trabajar con la actual, recordó que “íbamos con una mano y escribiendo en la planilla, ahora no se hace nada de eso, solamente te concentrás en manejar”. Para Juan, la llegada de la tarjeta SUBE simplificó considerablemente el trabajo del chofer, incluso algunas situaciones pueden resolverse entre los propios pasajeros: cuando alguien no tiene saldo o tarjeta, muchas veces otro usuario paga el viaje.
Con los estudiantes existe además una indicación clara: no dejar a un chico sin viajar por no contar con boleto. Con los demás pasajeros también intentan encontrar una alternativa antes de dejarlos abajo. Según explicó Juan, muchas veces la solución aparece dentro del propio colectivo: “Tratamos de solucionarlo arriba, que alguien le pague el boleto y pueda llegar hasta donde va”.
Durante todos estos años también vio pasar a numerosos compañeros. Algunos permanecieron en el transporte urbano y otros continuaron sus carreras en servicios de larga distancia. Juan eligió quedarse manejando dentro de la ciudad y, al comparar ambas tareas, explicó que “la concentración acá en la ciudad no es lo mismo que manejar en ruta con un colectivo”.
“Me gusta manejar y volvería a elegirlo”
Después de tantos años, Juan no duda cuando piensa si volvería a elegir el mismo oficio, le gusta manejar y volvería a hacerlo. Aquella relación con el volante comenzó cuando era un chico en Sierra Colorada, corriendo camionetas junto a su padre. Décadas después, manejar terminó convirtiéndose en su forma de vida y también en una manera particular de conocer Roca.
Hoy muchos pasajeros saben su nombre y otros simplemente reconocen su cara cuando suben al colectivo. Son vecinos que él también vio crecer, chicos que durante años viajaron a la escuela y personas con las que se encontró una y otra vez en sus recorridos.
Para Juan, que llegó desde la Línea Sur buscando una oportunidad y terminó construyendo acá su casa y su familia, aquella Roca desconocida de 2005 ya quedó lejos. Después de más de dos décadas recorriendo sus calles, la ciudad ocupa para él un lugar que resume con pocas palabras: “La voy a querer como mi pueblo natal”.