Femicidio de Agustina: cómo detectaron que la coartada de Parra era falsa
En el anochecer del 2 de julio, los servicios de emergencia recibieron dos llamadas urgentes. Uno, denunciando un robo en la vivienda de la calle Confluencia al 1.300 de Cipolletti. El otro, pidiendo una ambulancia urgente para una adolescente herida en la cabeza. Denunciaban que habían ingresado a un departamento, atacado a una adolescente y el robo de 1.000 dólares, un bolso con ropa y dos celulares.
Pablo Parra, 35 años, técnico en Higiene Ambiental, era quien vivía en ese lugar. Y se mantuvo en sus dichos: ese sábado habían planeado una cena con Agustina; él salió a entregar una parrilla a la casa de los padres; compró un postre en una popular cadena de heladerías; un par de cervezas en la despensa del barrio, y regresó para encontrarse con el horrible espectáculo. La muchacha yacía en el piso, en medio de un charco de sangre, con convulsiones. Moriría tres días más tardes, sin que los médicos pudieran hacer nada.
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El deber de cualquier pesquisa eficiente es chequear todas las declaraciones. Pero la de Parra parecía mu sólida: allí estaban los testigos de los comercios; un vecino que lo había visto regresar con los paquetes; las cámaras de seguridad que lo mostraban en los lugares mencionados. Así que en un primer momento, el supuesto vecino amistoso de la estudiante fue descartado como sospechoso.
Pero esa coartada tenía un punto flojo. Difícil de demostrar, pero no imposible. La familia de Agustina sumó un aporte importantísimo a la investigación: la colaboración del criminalista Eduardo Prueger. Y lo primero que se puso a hacer este joven investigador fue rastrear la ubicación de cada uno de los protagonistas en tiempo real. Un trabajo meticuloso, detallista, que demandó horas de análisis de imágenes en video.
Mediante pericias telefónicas, se sabía que Agustina había enviado un último mensaje a las 19.31 de ese sábado trágico, a su nuevo novio. Y que a cinco minutos después ese celular se apagó junto al de Parra. Al principio, se creyó que el ladrón lo había hecho tras el robo.
Prueger trató de conocer la ubicación de Parra en esos minutos. Había dicho que a las 19.20 se retiró de la vivienda y manejó su vehículo hacia el centro y hacia la casa de sus padres. Pero ninguna de las cámaras de seguridad lo había tomado. Entonces amplió la búsqueda y lo que encontró fue revelador: el Hyundai de Parra efectivamente había salido del complejo, pero no se dirigió hacia el centro. Dio una vuelta corta y estacionó a un par de cuadras, sobre la calle Colombia, del otro lado de Circunvalación.
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Ese fue el principio del fin para la coartada tan prolija de Parra: permitía ubicarlo muy cerca de la escena, durante el momento del crimen. Además, había mentido.
Pero este documento, por sí solo, no alcanzaba para fundamentar una acusación formal contra el hombre. Faltaban algunos datos. ¿Cómo hizo para ingresar sin que nadie lo viera? Por otra parte, la puerta no había sido forzada. Un trozo de tela azul, encontrado en la parte posterior del complejo, dio otra pista: tenía material genético de Parra. Por lo tanto, había pasado por allí. Estaba enganchado en el cerco de púas que rodeaba el paredón y que el asesino había derribado para ingresar.
La hipótesis a demostrar entonces era: ¿realmente pudo entrar desde allí? ¿Había algo más que lo incriminara? Había: las pericias encontraron que las únicas huellas halladas en el patio pertenecían a Parra. Una, sobre una mesa ubicada al lado del paredón. Otra, sobre la parrilla. Lo que había declarado al principio Parra: una persona ingresó por la parte de atrás, cortó el alambrado, saltó y entró a la vivienda sorprendiendo a Agustina. Sólo que todas las pruebas apuntaban contra él.
Pero faltaba otro apunte más. A las 19.40, el vehículo Hyundai que estaba estacionado sobre la calle Colombia se pone en marcha, dobla por Circunvalación (frente a su edificio), con las luces apagadas y recién entonces marcha hacia el centro de la ciudad. Después realiza todo el “acting” que había planeado: comprar los helados, las cervezas, conversar con los comerciantes, para marcar una coartada.
Una coartada que a la pesquisa le costó mucho trabajo desmontar; y que todavía deberán demostrar en juicio.