Un sorbo para espantar los males: la tradición de celebrar a la Pachamama con caña con ruda, se renueva este 1 de agosto
Desde la medianoche del 1 de agosto —y sobre todo en las primeras horas del día— se renueva una de las tradiciones populares más arraigadas del invierno argentino: beber un sorbo (o tres) de caña con ruda macho para “espantar los males”, en coincidencia con el día de la Pachamama, Madre Tierra. En Roca y otras ciudades de la región, vecinos y vecinas prepararon sus botellas maceradas con anticipación o salieron a buscar quién tenga alguna para compartir, regalar o vender.
Aunque el gesto parece simple, la práctica está cargada de simbolismo. Se trata de un ritual de origen guaraní que con los años se entrelazó con el calendario agrícola y con la celebración del Día de la Pachamama, que también se honra el 1 de agosto. Para muchas comunidades, es una fecha de renovación energética, gratitud a la Madre Tierra y pedido de protección para el nuevo ciclo.
Según la creencia, tomar caña con ruda ayuda a purificar el cuerpo, protegerse de enfermedades y alejar las malas ondas. En algunos hogares se toma apenas un trago, en otros tres sorbos seguidos, y en muchos se comparte entre familia o se lleva al trabajo para convidar.
En algunas dietéticas, almacenes naturales y ferias locales de Roca, la bebida se consigue desde hace días. Este año, los frascos pequeños de caña con ruda artesanal rondan los $2.000 a $2.800 pesos, mientras que las botellitas más grandes pueden superar los $7.000 y llegar a los 10.000 pesos, dependiendo del proceso de maceración y el envase.
Quienes no hayan podido preparar su propia caña con ruda en julio (cuando tradicionalmente se la deja macerar con la planta) igual pueden participar del rito con una versión comercial o con una mezcla más reciente. Lo importante, coinciden quienes sostienen la costumbre, es la intención: agradecer, limpiar, renovar.
Y aunque no existe evidencia científica que respalde sus efectos mágicos, muchos aseguran que empezar agosto con ese sabor amargo es también un acto de memoria, una forma de mantenerse conectados con la tierra, con los ciclos naturales y con las creencias que nos acompañan desde antes de que existiera el calendario.