2025-03-12

SALUD

La tormenta después de la tormenta: cómo sobrellevar el impacto sanitario y psicológico

El drama en Bahía Blanca deja al descubierto no sólo daños materiales, sino también una serie de riesgos para la salud física y mental de la población afectada.

Bahía Blanca ha sido recientemente escenario de un desastre natural que ha puesto de manifiesto no sólo la vulnerabilidad de sus infraestructuras, sino también las amenazas latentes para la salud de sus habitantes. Las inundaciones, más allá de los daños materiales obvios, desatan una serie de amenazas sanitarias complejas que requieren una atención urgente y coordinada.

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En primer lugar, debemos abordar los peligros directos que las aguas estancadas representan. El problema de los vectores, principalmente los mosquitos, es especialmente preocupante. Estos insectos hallan en el agua acumulada un ambiente óptimo para reproducirse, aumentando la propagación de enfermedades como el dengue, zika y chikungunya. Además, la leptospirosis, una enfermedad bacteriana transmitida por ratas, representa un motivo de preocupación adicional. La Leptospira, bacteria responsable, puede causar un espectro de síntomas que van desde fiebre y escalofríos hasta complicaciones más severas, e incluso mortales, si no se trata correctamente.

No son menores los riesgos de contagios de tétanos y hepatitis A en estos contextos. La presencia de objetos contaminados y suelos infectados con Clostridium tetani convierten en un imperativo reforzar las campañas de vacunación. Mientras tanto, el suministro de agua potable y la higiene personal se vuelven cruciales para combatir patologías vinculadas a un suministro inseguro, como la hepatitis A.

El golpe más difícil de medir, sin embargo, es el impacto emocional que las inundaciones imprimen en la psique de los afectados. La pérdida repentina de hogares, pertenencias e incluso vidas deja una marca profunda en las comunidades. Ansiedad, depresión y síndrome de estrés postraumático son comúnmente diagnosticados en estos escenarios. Técnicos en salud mental, como la psicóloga Julia Vidal, recalcan la necesidad de integrar el apoyo psicológico en las respuestas a las emergencias. Entienden que cada persona viva esta tragedia de forma individual y lo potencialmente traumático que puede resultar en sus percepciones personales.

La Psicología de la Emergencia se erige como un campo esencial en estos casos, ofreciendo una comprensión completa del comportamiento bajo estrés extremo. Las respuestas han de ser multidimensionales, reconociendo que si bien no toda catástrofe conllevará trauma esencialmente, albergan el potencial de tal. La creación de redes de apoyo emocional y la promoción de resiliencia comunitaria pueden ser factores críticos a largo plazo para la recuperación.

Por último, el rol de las autoridades sanitarias y locales en Bahía Blanca es innegable. Se requiere la instauración inmediata de campañas de educación para fomentar la autoprotección y la conciencia sanitaria. Además, la participación de organizaciones no gubernamentales y voluntarios puede fortalecer la capacidad de respuesta y la entrega de recursos necesarios. Es en la colaboración entre los diferentes actores que reside la esperanza para mitigar, no solo los efectos de las inundaciones actuales, sino también para estar mejor preparados en eventuales futuras situaciones.

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