RESILIENCIA
Valentín Yankelevich contó quién lo protegió de la violencia de su padre cuando murió Romina Yan
En el sombrío manto del pasado, Valentín Yankelevich se levanta como un testigo del poder de la resiliencia. Su historia se extiende desde el corazón roto de un niño que perdió a su madre, Romina Yan, hasta el resurgir de un joven lleno de esperanza y sueños. En un reciente relato, Valentín comparte el viaje angustiante y a la vez inspirador al ser rescatado por su abuelo de la violencia ejercida por su padre, Darío Giordano, tras la devastadora pérdida de su madre.
Cuando murió Romina Yan, Valentín tenía tan solo siete años. "Tenía devoción por mi mamá", recuerda con ternura. La vida parecía perfecta, un mundo de colores brillantes, hasta el día en que todo se apagó. La tristeza de perder a su madre se convirtió en una tragedia más oscura con el comportamiento violento de su padre. "Eran golpes, gritos, maltrato", relata Valentín de sus días en aquel hogar que se volvió una pesadilla. En una edad en la que la mayoría de los niños están construyendo sueños, Valentín solo buscaba escapatoria hacia la normalidad que le ofrecía ir al colegio.
La Justicia, en un admirable acto de protección, otorgó la tenencia de Valentín y su hermano a su abuelo, Gustavo Yankelevich. Enfrentado a las acciones legales de su padre, el tribunal tomó la decisión que cambiaría la vida de Valentín para siempre. "Mi abuelo Gustavo me salvó la vida" dice, reflejando gratitud en cada palabra.
Valentín describe las cicatrices invisibles del maltrato psicológico como las memorias más duraderas de su infancia. Aunque el dolor físico se desvanecía, "lo que te queda adentro es el maltrato psíquico y psicológico", expresa. En el camino hacia la sanación, Valentín encontró la fortaleza para cambiar su apellido a los 18 años, un gesto simbólico en honor a su abuelo. "Del día uno quería cambiarme el apellido", revela Valentín, viendo en esa decisión un nuevo comienzo.
Hoy, a sus 23 años, Valentín Yankelevich renace como un joven lleno de vitalidad y aspiraciones. "De ese nene que no quería vivir a donde estoy hoy, con tener ganas de vivir ya es una victoria", expresa con una sabiduría que trasciende su edad. Con su abuelo apoyándolo incansablemente, ahora encuentra libertad y felicidad en su pasión como piloto de TC2000, donde Gustavo está presente en cada competición, aplaudiendo desde las gradas un futuro que se ganó con todo el amor posible.