2026-08-31

Llegó de Italia a los ocho años y con el tiempo entendió la frase: “El que toma agua del río Negro no se va más”

Llegó a la Argentina desde Calabria cuando tenía apenas ocho años y durante mucho tiempo soñó con volver. Creció y se convirtió en médica en Buenos Aires, pero años después conoció Roca y encontró el lugar donde finalmente decidió quedarse.

Por Agustín Aroca

Durante años, Carmen Mancuso escuchó a su marido repetir una frase que con el tiempo terminaría haciendo propia: “El que toma agua del río Negro no se va más”. Cuando tenía apenas ocho años, su familia dejó Italia para instalarse en la Argentina y Carmen pasó mucho tiempo aferrada a una idea: algún día iba a volver.

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Carmen tenía ocho años cuando dejó Caroniti, un pequeño pueblo de Calabria, en el sur de Italia, junto a su madre. Era octubre de 1947, la Segunda Guerra Mundial había terminado hacía poco y su padre ya estaba en la Argentina, al igual que sus abuelos.

Hasta entonces, Carmen ni siquiera había viajado en tren. Salieron de su pueblo acompañadas por un hermano de su padre y un primo. Primero viajaron hasta Nápoles y luego siguieron hacia Génova. Carmen lloró durante horas antes de continuar aquel viaje que terminaría llevándola al otro lado del océano.

Desde Génova partieron rumbo a la Argentina en el Buenos Aires, un barco de carga en el que mujeres y niños compartían un enorme dormitorio con unas cincuenta cuchetas. El comedor y los baños también eran comunes.

Carmen en su vuelta a su pueblo natal en Italia, luego de presentar ¡Calabria mía!. Foto Tania Domeniccuci-ANR

 

La travesía duró alrededor de veinte días. Su madre se descompuso apenas subió al barco y pasó buena parte del viaje con vómitos. Carmen, todavía una nena, se ocupaba de buscar algo que pudiera comer. Lo único que aceptaba era una manzana.

También conserva otro recuerdo de aquellos días. Entre los pasajeros había un hombre africano y Carmen nunca había visto a una persona negra. Al principio se escondía cuando lo veía, él intentaba acercarse ofreciéndole bananas, otra fruta que ella tampoco conocía. Con el paso de los días, el miedo desapareció y terminaron haciéndose amigos.

La llegada a Buenos Aires fue de noche. Carmen bajó del barco en fila junto a los demás pasajeros y, mientras descendía por la escalinata, vio a un hombre alto, rubio y con sombrero. Era su padre y hasta ese momento no lo conocía personalmente. Él había dejado Italia durante la guerra y su madre había quedado embarazada antes de su partida.

Los primeros meses en la Argentina tampoco fueron sencillos. Carmen pasó alrededor de tres meses en la casa de un tío, junto a dos primos de su edad, para aprender castellano y comenzar a adaptarse. El idioma fue una de las barreras más difíciles.

En Calabria había sido una nena segura, participativa y acostumbrada a liderar entre sus compañeros. En Buenos Aires no podía entender ni hacerse entender. “Yo en Italia era líder, en la escuela, en la calle, con los chicos, era líder, el que manda más y acá era un pollito que siempre se escondía porque no sabía hablar”, recordó en diálogo con ANR.

Carmen junto a su esposo, quien la llevó a Italia devuelta "de sorpresa" para que pudiera volver a sus origines. Foto Tania Domenicucci-ANR

 

Durante años mantuvo una idea fija: volver a Calabria, reencontrarse con sus amigos, con su idioma y con aquello que había dejado atrás. “Con mi idea siempre de volver, de volver para allá, de volver a estar con lo mío, con lo que era mío”, contó.

Dos mujeres tuvieron una influencia decisiva en su vida. Una fue su abuela materna, que había quedado en Calabria. La otra, una maestra argentina que años después se plantaría frente a su padre para que Carmen pudiera seguir estudiando. Su abuela trabajaba, administraba un pequeño campo y llevaba a Carmen de un pueblo a otro para vender gallinas, chanchos y otros productos, incluso llevaba una libreta donde anotaba quién trabajaba bien y quién no para decidir a quién volver a contratar. “Era una adelantada, una fortaleza, un espíritu”, contó Carmen sobre su abuela.

También fue su abuela quien le transmitió una pasión que la acompañaría toda la vida: el canto. Le enseñaba canciones y le repetía que las penas se iban cantando. Carmen las aprendía de memoria aunque todavía fuera demasiado chica para comprender muchas de sus letras. En Buenos Aires, sin embargo, cantar no siempre era bien recibido ya que vivían en un pequeño departamento y su padre terminó prohibiéndole hacerlo porque molestaba a los vecinos.

Con los estudios apareció otra prohibición debido a que para su padre, los varones debían estudiar; Carmen no. Cuando terminó la primaria, una de sus maestras, María Esther Crespo, le preguntó qué iba a hacer. Carmen le explicó que su padre no quería que continuara estudiando. La docente le escribió y lo citó en la escuela junto con la vicedirectora y lograron convencerlo de que su hija tenía capacidad para seguir.

Carmen ingresó al Normal de la calle Corrientes y siguió adelante. A los 14 años también terminó una formación en corte y confección y comenzó a trabajar pero ella quería estudiar Medicina. Su padre consideraba que era una profesión para hombres. Cuando finalmente ingresó a la facultad, Carmen recuerda que en su primera comisión había alrededor de treinta estudiantes y solo dos eran mujeres.

Se recibió de médica y posteriormente realizó la especialidad en Dermatología en el Hospital Italiano.

Una visita a Roca que terminó cambiándole la vida

Carmen comenzó a trabajar en un policlínico del barrio porteño de Mataderos. Allí hizo amistades que años después serían fundamentales para que conociera Roca. Llegó por primera vez a la ciudad en 1976 para visitar amigos y durante aquel viaje apareció la posibilidad de venir una vez por mes para atender pacientes.

Su primera experiencia profesional fue bastante particular: atendió durante tres días en una habitación del Hotel Huemul, después de que un aviso publicado en el diario Río Negro anunciara su llegada y la respuesta de los roquenses la sorprendió. “Fue una locura, atendí en tres días la misma cantidad que un año en Buenos Aires, acá había trabajo”, recordó.

En febrero de 1977 decidió instalarse definitivamente en Roca. Se presentó en el hospital y allí se encontró con el doctor Fieg y Mario Maida, quienes estaban al frente de la institución y la incorporaron pero Roca no la había conquistado solamente por el trabajo.

Carmen recuerda todavía aquella primera llegada, cuando la terminal de ómnibus funcionaba sobre calle 25 de Mayo. Se alojó en el Bristol, conoció la iglesia y se quedó mirando las rosas de la plaza. La iglesia era Nuestra Señora del Carmen y la coincidencia con su nombre le pareció otra señal de que aquel podía ser su lugar.

Volver a cantar y volver a Italia

Ya instalada en Roca, fue su marido quien un día le preguntó por qué no se sumaba a un coro si le gustaba tanto cantar. Carmen siguió el consejo y comenzó a participar en Italia Unida, donde permaneció durante 25 años. El canto volvió a conectarla con aquella abuela de Calabria y también con el idioma, los hábitos y las costumbres italianas.

Muchos años después decidió escribir su historia. Fue en 2004, en plena crisis económica y social del país. En el consultorio recibía jóvenes de 20 o 25 años que hablaban de emigrar. Carmen sabía de cerca lo que significaba abandonar el país de origen y empezar una vida en otro lugar.

Carmen fue recibida en Italia por altos mandos politicos y con un gran recibimiento de todo el pueblo. Foto Tania Domenicucci-ANR

 

El libro fue editado por la Facultad de Ciencias Sociales y Carmen lo presentó en la Asociación Calabresa de Buenos Aires. Entre los asistentes había dos periodistas italianas que llevaron su historia hasta Italia. Poco después recibió una carta del intendente de su pueblo natal preguntándole si podía traducirlo y finalmente llegó la invitación para presentarlo en Calabria.

Carmen ya había regresado anteriormente a Italia, pero esta vez hubo carteles, homenajes y una recepción que todavía recuerda como “apoteótica”. En el aeropuerto la esperaba una frase: “Carmen Mancuso viene a cerrar la herida”.

Ni siquiera después de aquel regreso pudo responder fácilmente si se siente argentina o italiana. Todavía le cuesta aceptar que la llamen “argentina naturalizada”, pero tampoco siente que pueda considerarse completamente italiana. De alguna manera, los dos países terminaron formando parte de su historia.

“Se ve que tomé agua del río Negro”

Su hermano, también médico y dermatólogo, llegó a Roca después de ella. Permaneció un tiempo en la ciudad y luego se trasladó a Neuquén. Era él quien le preguntaba qué tenía Roca para que ella hubiera decidido quedarse.

Carmen encuentra varias respuestas. Habla de los años de trabajo en el hospital, de sus pacientes, de los vínculos que construyó, de la posibilidad de desarrollar su profesión y también del paisaje. Reconoce que en otros lugares podría haber tenido mayores ingresos, pero eligió la vida que había construido en Roca. Y entonces vuelve aquella frase que durante años repetía su marido: “El que toma agua del río Negro no se va más”.

Carmen, que llegó a la Argentina de niña y durante años soñó con regresar a Calabria, tiene ahora su propia respuesta: “Se ve que tomé agua del río Negro”.

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