2026-07-29

Recibió un disparo durante un asalto, perdió casi toda la vista y hoy es uno de los churreros más conocidos de Roca

Tras retirarse de la Policía de Río Negro en 2018, el vecino oriundo de la ciudad comenzó un emprendimiento familiar.

Por Agustín Aroca

Marcelo Torres tiene 61 años y durante más de tres décadas integró la Policía de Río Negro. Un violento asalto en la Línea Sur marcó un antes y un después en su vida. Tras retirarse de la fuerza, comenzó a vender churros y otros productos de panadería en la esquina de Felix Herederia y Villegas, en J.J. Gómez, donde se convirtió en un vecino conocido por varias generaciones.

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Quienes pasen por la esquina de Villegas y Félix Heredia, donde se encuentra la escuela ESRN N°111 en J.J. Gómez habrán visto a un vecino de la ciudad que se dedica a la venta de articulos de panaderia hace 8 años. Todas las tardes, Marcelo Torres, de 61 años, instala su puesto con churros, 80 golpes, berlines, tortas fritas y otros productos de panadería. 

Detrás de esa rutina cotidiana hay una historia marcada por más de treinta años de servicio en la Policía de Río Negro, un violento ataque que cambió su vida para siempre y una enfermedad que terminó dejándolo prácticamente sin visión.

En diálogo con ANR, Torres repasó una trayectoria que comenzó en 1985, cuando ingresó a la Policía de Río Negro. Durante más de tres décadas prestó servicios en distintas localidades de la Región Sur, entre ellas Casa de Piedra, Campo Grande, Aguada Guzmán, Naupa Huen y Mencué, donde en 2010 se desempeñaba como encargado administrativo de la subcomisaría local. Fue allí donde vivió uno de los episodios más dramáticos de su carrera.

"La gente se junta a charlar y eso me ayudó a seguir adelante", afirmó el vecino sobre la esquina que se convirtió en su lugar de trabajo. Foto Tania Domenicucci-ANR

 

Mientras participaba de un operativo de custodia del pagador de jubilaciones de ANSES y del Correo Argentino, la comitiva fue emboscada durante un trayecto por la Línea Sur. El atacante, armado con un fusil equipado con mira telescópica, abrió fuego contra el vehículo y uno de los disparos impactó sobre el espejo retrovisor, hizo estallar el parabrisas y provocó que las esquirlas alcanzaran la cabeza de Torres, quien perdió el conocimiento. El chofer y otro de los ocupantes también sufrieron importantes lesiones producto de los vidrios.

Tras recuperar el conocimiento, el entonces suboficial organizó el repliegue del grupo mientras el delincuente inutilizaba el vehículo disparando contra el radiador y los neumáticos antes de escapar con el dinero. Sin embargo, la mayor sorpresa llegaría minutos después, cuando en un centro de salud el mismo Marcelo reconoció al sospechoso detenido por otros efectivos: era un compañero de la propia fuerza, alguien a quien definía como su "mano derecha" y a quien incluso pensaba proponer para ocupar un cargo de responsabilidad dentro de la unidad policial.

Las secuelas de aquel ataque demandaron un largo proceso de recuperación. Torres debió realizar tratamientos médicos, psicológicos y fonoaudiológicos, mientras el expediente administrativo continuaba su curso. Con el paso del tiempo, el traumatismo sufrido, sumado a las complicaciones derivadas de la diabetes que padece, terminaron precipitando su retiro definitivo de la Policía de Río Negro en 2018. Hoy sostiene que aquel episodio también formó parte del proceso que años más tarde derivó en la pérdida casi total de su visión.

Lejos de quedarse de brazos cruzados, ese mismo año decidió comenzar un nuevo camino. Sin experiencia previa en panadería, empezó a elaborar churros y a recorrer distintos puntos de General Roca para venderlos. Primero consiguió autorización para ingresar a las piletas del Club Deportivo Roca, Unter y Empleados de Comercio, más tarde amplió el recorrido hacia los balnearios del río, donde caminaba durante horas ofreciendo sus productos en Gómez, el puente, el Náutico y Paso Verde.

"Caminando y gritando recorría todos los balnearios, los conocía de memoria", recordó durante la entrevista. Esa modalidad se mantuvo hasta la llegada de la pandemia, cuando dejó de ingresar a las piletas y continuó únicamente en la costa del río. Poco después comenzaría otro desafío todavía más difícil.

Entre 2025 y 2026 y en apróximadamente cinco meses, la retinopatía avanzó de manera irreversible. "La retina se deshizo, hoy solamente veo sombras y luces", explicó. La pérdida de visión fue tan rápida que muchos clientes le preguntaban cómo iba a seguir trabajando. Su respuesta siempre fue la misma: "Bueno, veremos qué pasa" afirmó sobre la decisión de continuar.

Hace ocho años Marcelo eligió instalarse de manera fija en la esquina de Villegas y Félix Heredia, un lugar que terminó convirtiéndose en su punto de encuentro con los vecinos del barrio y también en el centro de su actividad comercial. Aunque el producto más buscado sigue siendo el churro, con el tiempo el emprendimiento fue creciendo. Torres contó que realizó junto a su esposa Eva un curso de panificación que les permitió ampliar la oferta. Además de churros elaboran tortas fritas, rosquitas, berlines, tartas, tortas y los tradicionales 80 golpes, una especialidad que hoy prepara principalmente su compañera.

Eva y Marcelo están juntos hace más de 35 años y tienen dos hijos. ""Hoy ella es mis ojos y mi bastón", expresó emocionado. Foto Tania Domenicucci-ANR

 

La producción no es improvisada. Marcelo calcula cuánta harina utilizar según distintos factores, observa el calendario de cobro de jubilaciones y salarios, analiza los días de clases y estima cuántos chicos pasarán por la escuela para definir cuántas docenas elaborar. "Si hay clases sabemos que los chicos pasan y muchos llevan churros. Ahí decidimos si hacemos tres kilos de harina, cuatro o más", explicó.

Durante los mejores años del emprendimiento llegaba a elaborar 14 docenas de churros durante la semana, unas 18 los sábados y hasta 30 los domingos, además del resto de los productos. Hoy la realidad económica también se refleja en el puesto. "Antes hacía 14 docenas y ahora hago siete. Los domingos, entre churros, 80 golpes y berlines, llevamos unas 18 o 20 docenas en total", detalló.

A pesar de la pérdida casi total de la visión, Torres continúa trabajando gracias al acompañamiento permanente de su esposa. "Hoy ella es mis ojos y mi bastón", resumió emocionado sobre Eva, con quien está casado hace 35 años. Es ella quien elabora buena parte de los productos, lo acompaña cada tarde hasta el puesto y comparte con él el trabajo diario.

Con el paso de los años, aquella esquina dejó de ser únicamente un lugar para vender panificados. Se transformó en un espacio de encuentro para los vecinos de J.J. Gómez. "Ahí se junta todo el mundo a charlar, gente grande, mujeres, chicos, familias. A mí todo eso me ayudó a no deprimirme", aseguró, explicando que cada tarde saluda a quienes pasan, conversa con los vecinos y muchas veces comparte un churro con los chicos que se acercan a pedirle uno. "No les puedo dar a todos, pero si les doy uno lo parten entre ellos y aprenden a compartir", comentó.

Desde ese mismo lugar también observa los cambios sociales que atravesó el barrio durante los últimos años. Según contó, cada vez son más los jóvenes que se acercan buscando una ayuda o una changa para trabajar. "Muchos dejaron de ir a la escuela porque los padres no tienen para comprar útiles, zapatillas o comida. Antes me pedían trabajo para limpiar, si me queda alguna docena de churros se la regalo", relató. 

Hoy, siete años después de haber iniciado aquel emprendimiento casi por necesidad, Marcelo Torres continúa ocupando el mismo lugar todas las tardes. La esquina de Villegas y Félix Heredia ya forma parte de su historia y también de la de cientos de vecinos que, entre un saludo y un churro caliente, encuentran en él mucho más que un vendedor: un vecino que, pese a las adversidades, eligió seguir trabajando.

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