INTIMIDAD
El costado más íntimo de Mario Pergolini: la historia de su padre y por qué nunca lo nombró
Mario Pergolini es conocido en el mundo de la radio y la televisión por su don de palabra y su habilidad para atraer a las masas. Sin embargo, detrás de ese carismático locutor y empresario mediático, se esconde una historia personal que rara vez discute en público: la complicada relación con su padre, Edmundo Silvestre Pergolini. Para comprender el profundo silencio y la reserva con la que Pergolini ha manejado este aspecto de su vida, es necesario adentrarse en la complejidad del vínculo que sostuvo con su progenitor, un vínculo marcado por la distancia y los silencios.
Desde temprana edad, Mario experimentó un tipo de crianza que lo dejó fuera de los "códigos comunes" como alguna vez refirió. Uno de los recuerdos más nítidos de su infancia es la estricta prohibición que impuso su padre en cuanto al fútbol, un deporte casi sagrado en la cultura argentina. Para Edmundo, una pelota de fútbol no tenía cabida en su hogar, y esta restricción conllevó a que el joven Pergolini se sintiera marginado socialmente, en una época en la que jugar al fútbol era una de las actividades preferidas de los niños de su edad.
Aunque Mario nunca dudó en admitir el talento profesional de su padre, las carencias afectivas pesaron más en su balanza emocional. Edmundo Pergolini fue un creativo diseñador industrial, cuyas habilidades técnicas lo llevaron a inventar desde complejas máquinas hasta la famosa lapicera Sheaffer 303. Mario lo vio como una figura cuyo talento era imposible de ignorar, afirmando en más de una ocasión que estar a su lado era toda una lección de admiración, aunque esa admiración nunca trascendió las fronteras del respeto profesional hacia el afecto paterno.
Momentos incómodos no faltaron en esta historia. Incluso Andy Kusnetzoff recuerda con viveza el día en que Edmundo, alto y con una presencia imponente, apareció en busca de su hijo habiendo fumado un cigarrillo de camino. Cuando el presentador comunicó que Mario no se encontraba, su respuesta fue breve pero cargada de un significante profundo: “Soy el papá”. Para los colegas y amigos cercanos a Mario, aquella visita se tradujo en el reconocimiento de un tema que nadie tocaba, un verdadero tabú como lo describió Kusnetzoff.
La muerte de Edmundo en 2022 no generó en Mario Pergolini una reacción forzada. Dice que cumplió formalidades, acompañando a su hermana Sandra en trámites severos pero sinceramente confesó que no le afectó en lo más mínimo: “Contado así suena muy frío, pero no es exactamente así”, explicó, guardando al mismo tiempo, un respeto distante hacia su figura ausente.
En consecuencia, Pergolini optó por reflexionar en terapias, llevando esa sensibilidad al ámbito personal lejos del espectáculo mediático. En sus propias palabras: “Lo solucioné por otro lado; creo que lo solucioné hace mucho tiempo”. Esta extracción emocional marcó su propia percepción como padre. Reconoció un valioso aprendizaje: los hijos no deberían mendigar cariño, una lección que ajusta su perspectiva hacia sus propios retoños. Aun tras la muerte de Edmundo, admite: “Nunca iba a haber una charla para recomponer las cosas”, aceptando su realidad con un toque de resignación, pero también de fortaleza, al entender que su historia y su duelo se vivirían y sanarían en la intimidad de su propio pensamiento.