Dulce Legado: Dora Purrán y el arte de producir miel en Roca
En el mundo de la apicultura, las historias suelen tener una raíz familiar profunda. La de Dora Purrán (41) no es la excepción. Aunque su camino formal comenzó hace pocos años, su conexión con las colmenas es un legado que recibió de sus padres, Jorge y Graciela.
“Desde el 2021 me sumé al trabajo que venían haciendo mis papás”, relata Dora.
El inicio fue fortuito: su madre comenzó ayudando a José, un apicultor de 90 años de J.J. Gómez que ya no podía solo. Tras su fallecimiento, sus padres decidieron continuar el trabajo por su lado y tener sus propias colmenas, contó.
Dora, para apuntalar el equipo, se profesionalizó. “Hice el curso con el INTA para ayudarlos a ellos y bueno, ahí ya me enganché”, señaló
Pasión por lo natural y el origen
Para Dora, la apicultura es una experiencia sensorial total. Lo que más la cautiva es “tener un producto natural y que el sabor, el color, el gusto se lo dan las flores”.
Esa conexión es su motor diario. “El venir acá, estar en contacto con la naturaleza es algo que no lo cambio por nada, a mí me encanta. El abrir una colmena, sentir ese olor que larga la colmena es algo que no se compara”, describió entusiasmada.
La calidad es su estandarte frente a lo industrial. “Está el jarabe de maíz o el jarabe de glucosa que le agregan a la miel y le da un sabor distinto que ya la cambia totalmente”, explicó.
Además, destacó la identidad que da el territorio. “La miel, depende la provincia, va a ir cambiando mucho. Acá tenemos una miel más oscura por las flores”, describió.
Por ejemplo en la zona de Roca una flor característica es "pájaro bobo", común a la orilla del canal y es la que “le da el color, un color oscuro a la miel” hacia el final de la temporada.
Desafíos: Clima, salud y esfuerzo físico
La actividad no está exenta de sacrificios. Trabajar con las alzas implica un gran esfuerzo. “Estas colmenas pesan más de 25 kilos”, detalló.
Esto, sumado a temas de salud familiar, los llevó a reducir de 60 a 25 colmenas actualmente.
El clima también dicta las reglas. “Este año fue un año muy seco al haber mucho viento, mucha sequía, la flor no produce néctar. Eso es lo que provoca que haya menos cantidad de miel”, explicó.
A pesar de esto, proyectan una cosecha cercana a los 400 kilos.
Respeto y supervivencia del ecosistema
Dora es una ferviente educadora sobre sus abejas. “No son agresivas. Yo siempre digo esto, que no les tengan miedo, sino respeto como toda familia, si van a molestarlas van a defenderlas”, comentó.
Su mensaje es claro: no tirarles agua ni piedras si aparece un enjambre, sino entender su rol vital. “Sin abejas no hay flores, no hay fruta, no hay verdura, no hay nada. Sin la polinización no tendríamos todo lo que consumimos”, enfatizó.
El chacarero Rómulo Vargas es quien le cede el espacio para que la familia pueda tener sus colmenas. En acuerdo es beneficioso ya que las abejas polinizan los frutales que hay en el lugar beneficiando la cosecha y la apicultora puede tener un lugar donde sus abejas estén en calma.
Dora destacó que él “cura con sus plantas con productos que no son agresivos para las abejas”. Esta confianza es mutua: “Yo las dejo tranquilas y sé que cuando vuelva voy a tener mis abejas”.
Vargas incluso ha sido un guardián ante intentos de robo o incendios en la zona, avisándoles de inmediato para trabajar en conjunto.
La miel de su emprendimiento familiar ha sido vendida directamente a clientes locales y hasta enviada a San Juan o Chubut, es el resultado de un trabajo donde el respeto por la naturaleza es el ingrediente principal.