El recambio generacional modificó la forma de despedir a los muertos en Roca
Eduardo Diniello tiene 83 años y es dueño de la empresa Sepelios Diniello desde que tenía 23. Nació en la ciudad de General Roca, hijo de un padre italiano, una madre libanesa y proveniente de una familia de comerciantes. “Vendían verduras y pescado, vivíamos en la otra cuadra, en España y Villegas”, recordó al referirse a un poco a su historia y en relación al lugar en qué funciona la casa velatoria.
Su primer acercamiento a la actividad funeraria llegó muchos años después. “Nunca tuve posibilidades económicas y siempre trabajé en relación de dependencia, primero para una empresa de Cipolletti, después me acoplé a los doctores Román y Epifanio”, detalló.
Sus patrones habían fundado una sociedad anónima dedicada a brindar todos los servicios necesarios tras el fallecimiento de una persona, pero en la década del 70 se cansaron de lo que en aquel entonces era un pueblo “muy jocoso” y se fueron, no sin antes darle la posibilidad de quedarse con la sociedad. La empresa de sepelios Diniello abrió el 4 de diciembre de 1974.
La muerte es un ritual de pasaje fundamental en todas las culturas y, al menos en Occidente, está atravesada por un solemne proceso de duelo. Sin embargo, con el paso de los años, viejas tradiciones fueron quedando en el pasado y hoy el sepelio se transformó en un proceso en el que se busca brindar mayor practicidad.
Un recuerdo de la forma tradicional puede ser los viejos panteones que resisten en los cementerios municipales. “Te encontrás con unos panteones impresionantes, traíamos gente especializada de Buenos Aires para construir panteones de mármol, como en la Recoleta. Acá hay un montón de panteones que hoy ya no se pueden hacer, por los costos y por los cambios culturales”, aseguró.
Un sepelio podía durar entre 24 y 48 horas y se realizaban en las casas de familia. “Antes nos vestíamos de negro, usábamos brazaletes, velábamos en las casas, llevabamos reclinatorios, macetas, cortinas, telones, alfombras, teniamos que mover todo en los comedores y sacar la mesa. Después los chicos no querían entrar a la casa porque habían velado al abuelo o a la abuela y les quedaba esa imagen en la mente”, relató.
Una vez finalizado el velatorio, comenzaba el recorrido de la carroza fúnebre, que tenía que pasar por la iglesia de la ciudad. “En el cortejo lo hacíamos pasar por la iglesia, dábamos la vuelta por calle Tucumán y por Sarmiento, teníamos que avisar, parábamos los coches, salía el cura, le echaba agua bendita y dábamos la vuelta por Avenida Roca para ir al cementerio. Ahora ya no se va más a la iglesia, se trae un sacerdote a la sala o se va a la capilla del parque”.
Para que el pueblo se enterara de que un vecino había fallecido, “sacábamos unas tarjetas y se comunicaba en bicicleta, iban casa por casa llevando una tarjeta con la hora y el domicilio. A la salida del cementerio teníamos un tarjetero donde la gente dejaba su firma y saludos a la familia. Guardábamos las tarjetas y se las entregábamos como recuerdo”.
Uno de los primeros cambios fundamentales fue la instauración de las salas velatorias. “Nosotros fuimos los primeros en empezar con la sala velatoria, nos fuimos aggiornando, mejorando y cambiando. Sabíamos que había que sacar el servicio de adentro de la casa porque era un problema para los que quedaban”, explicó.
Sin embargo fue un proceso largo y difícil, ya que se trataba de un pueblo donde la “gente hablaba” y si se velaba al fallecido en una sala, se prejuzgaba que no era una persona apreciada por su familia. “No había forma de que la gente viniera a velar, teníamos la sala, las luces, hasta que arrancó”, recordó.
Otro de los cambios que llegó con el recambio generacional fue la cremación. “La cremación va a seguir avanzando, todavía estamos en un 60-40. Al principio era muy poca la gente, entonces venía la familia, lo cremábamos y lo colocábamos un árbol, un abedul y una placa o piedra con el nombre”, detalló.
El crecimiento exponencial del servicio derivó en la creación de un “pequeño bosque” dentro del Parque La Fuentes, por lo que tuvieron que cambiar el servicio a un cinerario (donde se dejan las cenizas). “La gente puede dejar las urnas con una piedrita y un florero, no botellas, no velas, no estampitas, simplemente una flor y una piedra con el nombre del fallecido”.
La duración del sepelio fue uno de los últimos cambios y se dio a partir de la pandemia, que obligó a reducir el servicio a tres o cuatro horas.
Sobre los tiempos que transitamos y la percepción de la muerte entre los jóvenes, consideró que “el cambio cultural se ve ahora. Antes el sepelio era una de las cosas más importantes en la vida de una familia. La gente joven es más práctica, más simple. No deja de hacer su duelo, pero lo hace de una manera rápida y sencilla”, dijo el empresario.
Para Diniello, la muerte es “el fin y el descanso del ser humano. Hoy la vida es muy dura, de mucho esfuerzo y sacrificio. Algunos menos, otros más, pero vivimos en una sociedad difícil. Tanto la educación como el trabajo se han vuelto complejos, entonces llega el momento en el que terminaste y entrás a descansar”.
Finalmente reflexionó que “lo importante es siempre acostarse habiendo hecho algo por alguien, estar en paz con uno mismo. Te levantás y hacés algo por alguien, una sonrisa, un chiste, una pavada, pero sentirse bien”.