11/03/2018

El cambio, el miedo y la identidad

Nuestro columnista y psicólogo, Gustavo Marín, nos invita a analizar algunos aspectos de nuestras vidas y la forma en la cual afrontarlos.

El cambio, el miedo y la identidad
¿Cómo se pueden afrontar los cambios?
Foto: Gentileza-Internet

* Por Gustavo Marín

 

“Un barco está seguro amarrado al muelle,

pero no fue construido solo para estar allí.”

 La identidad es un sentimiento de mismidad y continuidad que se mantiene a través del tiempo o de un destino cambiante, que me permite reconocerme, saber quién soy, y a la vez garantiza el reconocimiento social.  

La identidad se va desarrollando a partir de la integración de las experiencias de la realidad interna y externa, “el proceso de formación de la identidad emerge como una configuración evolutiva (una configuración que se establece gradualmente por sucesivas síntesis y resíntesis del yo durante toda la infancia).” (Erikson,1968).

Ante un cambio, se produce una crisis de identidad ya que en mayor o menor medida se produce un desequilibrio en mi sistema establecido. Crisis que si es bien tolerada y resuelta termina integrándose un nuevo aspecto a mi identidad y ampliando el auto-concepto (mi mirada) de  mí mismo.

Por eso es que los cambios nos desestructuran, y se juegan muchas cuestiones a nivel interno, en el aspecto psicológico. Y mientras más estructurados seamos, y más ansias de seguridad y control poseemos, más difícil se nos hará el cambio y crecer.

Aunque muchos se resisten, el cambio, la necesidad de cambiar es inherente a la vida. Las estaciones cambian, las circunstancias de la vida cambia, nuestro cuerpo cambia, nuestros amores y deseos cambian, los otros cambian. El cambio es permanente, y lo único que no cambia es que “todo  cambia”. Como canta Mercedes: “Cambia todo cambia, que yo cambie no es extraño”.

Aun así, tenemos momentos de estabilidad, hay ciclos o etapas en nuestra vida en donde no hay grandes cambios aparente, aunque  las células de nuestro cuerpo están en constante regeneración sin que se lo ordenemos, por lo tanto todo tiene movimiento, hasta cuando creemos que nada pasa, y los cambios nos acechan, están incubando siempre.

Existen cambios previsibles e inevitables, como los que experimentamos a la largo de la vida como de la niñez a la adolescencia, y de esta a la adultez. Cambios que se denominan Crisis Vitales ya que como decíamos nos desestructuran a nivel corporal, psicológico y socialmente; y son parte de la vida, así nos desarrollamos y complejizamos.   

Pero hay otros cambios que los vivimos como forzados ya que no los buscamos, como cuando perdemos un trabajo, nos deja una pareja, se frustra un proyecto, entramos en estrés, nos enfermamos nosotros o un ser querido, un accidente, etc..

Son cambios que nos cuesta aceptarlos y transitarlos ya que los vivimos como injustos, como que “no debieran estar, no debiera haber sucedido”. Pero estos también son parte de la vida, y es inútil resistirnos a ellos, ya que terminaremos sufriendo de más, o estancándonos en una situación de víctima, de enojo, de resentimiento, de angustia continua. Todo cambio implica un duelo, dejar algo atrás, transitar la tristeza y lentamente reconectar con la vida.

Y también tenemos necesidad de cambios cuando comenzamos a percibir señales que algo se va agotando, perdemos vitalidad, alegría, entusiasmo, motivación y en su lugar hay angustia, ansiedad, monotonía, hasta una seguridad que achata.

Hay algo adentro nuestro que pide un cambio.

Estos cambios “requieren de nuestra voluntad”, dependen totalmente de nosotros, y sabemos que si no movemos algo, nada se moverá, claro no habrá riesgo, pero de seguro la insatisfacción y la duda se instalarán.  Ahí la decisión es solo nuestra, y es esperable que surjan excusas, esperanzas ya gastadas que las cosas se resuelvan o cambien mágicamente, y el temor a equivocarme o arrepentirme de producir un cambio.

Pensamos en lo riesgoso de producir y afrontar un cambio, sin darnos cuenta que el quedarnos paralizados, adormecidos en esa falsa seguridad de estabilidad, en esa incomodidad conocida,  es también un gran riesgo. Riesgo de perder el sentido de la vida, perder la propia dignidad y olvidarnos que nos merecemos ser felices.

Muchas son las personas que posponen los cambios en su vida hasta que se enferman, pagan un alto costo por no darle una oportunidad al destino y soltar el control.

Es claro que para hacer los cambios que estamos necesitando en nuestra vida, debemos darnos un tiempo, no ayuda la impulsividad.

Es importante evaluar  distintas alternativas, conversarlas con otras personas, pedir ayuda, informarnos, conectarse con lo que uno siente.

Aun así, es una fantasía pensar que uno va estar “listo o preparado” para hacer un cambio que no duela, o esperar que se nos vaya el miedo. El miedo va a estar porque todo cambio implica crisis y vivir algo nuevo, algo desconocido. Por eso una condición esencial para afrontar un cambio es “confiar”, porque nunca estaremos seguros del todo sobre la decisión que tomemos.

Es obvio que necesitamos “coraje” para vivir una vida que no está hecha a medida, en donde pasan cosas que no queremos, o no nos pasa lo que esperamos que nos pase. Pero ese coraje nos permite vivir todo como un gran desafío, en un aprendizaje permanente,  en donde aceptamos el movimiento misterioso de la vida (transitando la incertidumbre y las tristezas), y confiando que los cambios nos traerán paz en el alma y la alegría de vivir de acuerdo a nuestra esencia, nuestro Sí Mismo. Y como dice Jung: “Solo hay un camino, y ese es tu camino.” Y además agrega: “El camino lleva al amor mutuo de la comunidad. Los hombres (y mujeres) verán y sentirán la similitud y lo común de sus caminos.”

 

* Psicólogo-Columnista ANR-ANB

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