De juntar libros y ladrillos a cumplir 40 años: la historia de la Biblioteca Crecer y la visita de León Gieco
La Biblioteca Crecer nació antes de tener edificio propio, estanterías y personería jurídica. Su primera sede fue prestada, los libros se juntaban en cajas y los vecinos se organizaban para sostener un proyecto que buscaba llevar algo que en aquel momento parecía lejano para muchos barrios: una biblioteca cerca de casa.
La historia comenzó en 1985, cuando Rodinal Villegas —conocido como Roby— y el profesor Fernando González Caray impulsaron la creación de una biblioteca popular en el barrio Aeroclub. La idea era concreta: que los chicos y adultos que vivían lejos no tuvieran que trasladarse hasta la biblioteca del centro para buscar un libro, estudiar o hacer la tarea.
El primer desafío fue conseguir los libros necesarios para obtener la personería jurídica. Eran alrededor de 180 ejemplares y comenzó entonces una campaña que involucró a distintas escuelas de la ciudad. Se colocaron cajas para recibir donaciones y, de a poco, la noticia de que se estaba gestando una biblioteca en un barrio comenzó a circular.
“Se empezó a conocer la novedad de que se iba a hacer una biblioteca”, recuerda Elena Rodríguez, una de las personas que acompañó aquel proceso desde el comienzo.
En aquellos años, la zona al norte del Canal Grande tenía una realidad muy diferente a la actual. Aeroclub, Barrio Tiro, Barrio Noroeste y los primeros años de Barrio Nuevo eran sectores con pocas instituciones y servicios. La campaña de libros también pasó por la Escuela 275, que prestó sus instalaciones para reunir ejemplares.
Mientras avanzaba la búsqueda de libros, apareció otro objetivo: conseguir un lugar propio. El entonces intendente Pablo Verani cedió el terreno donde hoy funciona la biblioteca en Urquiza 2648 casi Evita. Después de casi un año de trabajo, en 1986 lograron obtener la personería jurídica.
Antes de lograr ese gran objetivo, la biblioteca funcionaba un pequeño salón en calle Evita. Después, una vecina prestó un espacio sobre calle San Juan. Allí se acomodaron los libros y comenzaron a llegar los chicos. Una maestra se sumó de manera voluntaria y el lugar empezó a convertirse también en un espacio para hacer tareas, buscar información y pasar las tardes.
La biblioteca no solamente acercaba libros. Durante el invierno, muchos chicos llegaban también para tomar una taza de leche y tener su merienda. Se atendían los dos turnos y las tardes comenzaron a llenarse de niños con cuentos, dibujos y actividades.
“Siempre tuvimos muchísimo apoyo de la comunidad. Siempre fueron muy cercanos los vecinos, las vecinas y las escuelas”, cuenta Elena.
Ese vínculo sería una de las características que acompañaría a la biblioteca durante las siguientes cuatro décadas. Antes de que existiera el edificio actual, las reuniones se hacían donde se podía. Incluso en la casa de Elena se guardaron cajas con los libros que iban llegando. Las primeras comisiones discutían cómo organizarse, cómo sostener el proyecto y cómo lograr que aquel sueño pudiera convertirse en una institución.
Las reuniones, recuerda Elena, no siempre eran sencillas. Había que aprender cómo se organizaba una institución y acordar cómo acompañar a los chicos y cuidar el espacio. Pero había algo que se mantuvo como punto de encuentro: todos tenían claro para qué estaban trabajando.
Con el terreno ya conseguido, los vecinos organizaron una campaña para construir el edificio. Se armó un carro para recorrer las casas y explicar qué se estaba haciendo. Fue así que surgió la campaña para reunir ladrillos, para que cada vecino aportara el suyo. La respuesta volvió a aparecer desde la comunidad, pero también desde lugares inesperados.
Un sábado, mientras avanzaba la campaña, apareció un camión con un carro cargado con más de mil ladrillos provenientes de los hornos que funcionaban en la zona donde hoy se encuentra Barrio Nuevo.
“Nos donaron más de mil ladrillos. Fue un momento muy emotivo por que eran ladrillos hechos con sus propias manos”, recuerda Elena.
Los albañiles también comenzaron a ofrecer su trabajo voluntariamente y un profesional realizó el proyecto del edificio, que originalmente contemplaba incluso dos pisos. La construcción fue avanzando de a poco, acompañada por donaciones, venta de empanadas, actividades y todo tipo de iniciativas organizadas por los vecinos.
Y en medio de esos primeros años ocurrió una de las historias que Elena todavía recuerda como una de las más especiales. En 1986, cuando la biblioteca todavía funcionaba en aquel espacio prestado de calle San Juan, recibieron una visita que la comunidad no esperaba: León Gieco llegó para conocer su historia y compartir junto a ellos.
Los organizadores sabían que iba a ir, pero decidieron mantenerlo en secreto para el barrio. Cuando llegó el momento, el lugar quedó chico para la cantidad de personas que se acercaron así que el encuentro se trasladó a la calle.
Gieco dio un pequeño concierto sobre calle San Juan, mientras vecinos y chicos se reunían alrededor para verlo. La biblioteca, que había nacido con cajas de libros y una campaña comunitaria, tuvo así uno de sus primeros grandes acontecimientos con el barrio entero como espectador.
Por aquellos años también apareció otra decisión que terminó dándole identidad al espacio. Para elegir el nombre y el logo de la biblioteca se organizó un concurso en el que participaron alumnos de 13 escuelas. Las propuestas fueron hechas por los propios chicos y finalmente fueron ellos quienes eligieron el nombre Crecer y el logo que todavía identifica a la institución.
La biblioteca fue creciendo con ellos. Primero llegaron los libros, después los muebles, las computadoras, el salón y nuevas actividades. Una de las primeras computadoras apareció gracias a una donación del ex intendente de Roca, Carlos Soria, quien visitó la institución cuando todavía trabajaban con máquina de escribir y decidió colaborar con un equipo.
También hubo aportes de otras instituciones. Cuando el Juzgado Federal se mudó de edificio, donó muebles que pasaron a formar parte de la biblioteca. Las distintas administraciones municipales, la Provincia y organismos nacionales también acompañaron diferentes etapas.
Durante momentos económicos difíciles, cuando no alcanzaba para pagar servicios básicos, aparecían las empanadas, los festivales y los puestos en la Fiesta de la Manzana. La biblioteca se fue convirtiendo en algo más amplio que un lugar para buscar libros: un espacio donde se festejaban cumpleaños, se hacían actos, se organizaban juegos y se encontraban vecinos.
Elena recuerda especialmente las fiestas patrias que se realizaban frente al edificio, cuando todavía había un gran espacio abierto. Llegaban autoridades, se organizaban actividades para los chicos y una de las propuestas que más disfrutaban era la carrera de embolsados.
Cuarenta años después, algunas cosas cambiaron. El acceso a internet, los celulares y la tecnología modificaron la relación cotidiana con los libros, y la cantidad de lectores ya no es la misma que en aquellos primeros años. Pero la biblioteca continúa recibiendo vecinos y encontró nuevas formas de mantener sus puertas abiertas.
Actualmente, la institución tiene alrededor de 20 talleres, varios de ellos gratuitos o subsidiados, y durante este año la convocatoria de nuevos talleristas generó un fuerte crecimiento de las actividades. Hay propuestas de peluquería, canto, tapicería, crochet y otras disciplinas, mientras que también se desarrollan clases de apoyo y comenzaron a llegar visitas de jardines de infantes.
“Este año están todos los días completos”, cuenta Liliana, la actual bibliotecaria, que comenzó a trabajar allí hace aproximadamente un año.
La biblioteca funciona actualmente con atención al público de 9 a 14 y de 16 a 19, aunque después de ese horario continúan algunas actividades. La comisión directiva está integrada por unas seis personas y, además de los talleres, se organizan ferias para recaudar fondos y comprar elementos necesarios para el espacio.
Una de esas iniciativas permitió reunir dinero para adquirir una cocina y una heladera. El objetivo es que próximamente pueda comenzar también un taller de cocina.
La cantidad de socios, sin embargo, sigue siendo uno de los desafíos. Se puede abonar una cuota anual de 20.000 pesos o una mensual de 5.000, y durante este año se sumaron alrededor de 15 nuevos socios.
Liliana llegó a la Biblioteca Crecer como bibliotecaria formada y después de trabajar en la Biblioteca Julio Cortázar. Lleva apenas un año en Aeroclub, pero asegura que conocer la historia del lugar la impactó. “Es una historia re linda, es re emocionante escucharla”, dice.
Y esa historia volverá a encontrarse con el presente este sábado 3 de octubre, cuando la Biblioteca Crecer adelante los festejos por sus 40 años, que oficialmente cumplirá el domingo 4.
La celebración comenzará a las 18 con una muestra de los talleres y de los trabajos realizados durante el año. Habrá productos a la venta y, desde las 19, el festejo continuará en el salón con un acto, presentaciones artísticas, baile, canto y reconocimientos a personas vinculadas con la institución. Después llegarán el brindis y la torta.
Será una celebración por cuatro décadas, pero también una oportunidad para volver sobre aquella primera historia: la de un grupo de vecinos que comenzó juntando libros para que los chicos del barrio no tuvieran que viajar hasta el centro, que después juntó ladrillos para levantar las paredes y que convirtió una biblioteca en un punto de encuentro comunitario.