2026-08-04

El coleccionista de la ciudad que lleva más de medio siglo rescatando objetos históricos de Roca

El vecino, que afirma ser de los primeros pobladores, lleva más de cinco décadas detrás de objetos que cuentan historias. Desde cajas de fósforos hasta herramientas rurales, monedas, billetes, patentes y elementos vinculados al antiguo ferrocarril, Hugo Carballo nos invita a conocer el Museo Pullu Fucha.

Por Agustín Aroca

Detrás del portón de México al 1.000 hay miles de piezas, herramientas rurales, campanas, monedas, billetes, patentes, carteles y elementos del antiguo ferrocarril conviven en un mismo espacio. Cada una guarda una historia y Hugo Carballo, quien hace más de medio siglo encontró la pasión por las antiguedades, aún recibe a todos aquellos que quieran conocer de donde llegó cada objeto.

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Hugo Carballo tiene 72 años y hace más de cinco décadas que las antigüedades forman parte de su vida. Empezó a coleccionar cuando tenía apenas 15 años, alrededor de 1969, y desde entonces prácticamente nunca dejó de buscar, recuperar, intercambiar y estudiar objetos que para muchos podrían terminar en un contenedor. Desde hace varios años se encuentra ubicado con su local de antiguedades en calle México 1015 de Roca.

Según contó Hugo en diálogo con ANR, su primer acercamiento al coleccionismo fue "casi como el de cualquier adolescente que empieza a guardar cosas que le llaman la atención". Primero fueron las cajas de fósforos y, con el paso de los años, la colección comenzó a crecer y a diversificarse

“Empecé a coleccionar para mí, después me fui a la Colimba y, cuando volví, por suerte los viejos me habían guardado algunas cositas que tenía. Ahí arranqué y no paré nunca más”, contó Hugo. En aquellos primeros años, uno de los lugares que más frecuentaba era una casa de reciclado del barrio Bagliani. Durante casi 30 años pasó por allí prácticamente día por medio, siempre en busca de alguna antigüedad.

Hugo estima que en el lugar hay más de 4.000 objetos antiguos. Foto Tania Domenicucci-ANR

 

Muchas veces compraba los objetos por kilo y otras directamente se los regalaban. Lo que empezó con pequeñas cajas de fósforos terminó convirtiéndose en una colección de herramientas de chacra, elementos vinculados con antiguos pobladores, objetos de inmigrantes, monedas, billetes, estampillas, carteles, patentes, piezas de ferrocarril y otros elementos que ayudan a reconstruir cómo era la vida cotidiana de otras épocas.

Actualmente calcula que en el espacio que conserva hay entre 3.000 y 4.000 piezas, aunque la cantidad y variedad fueron cambiando a lo largo de los años. La historia del Museo Pullu fucha está directamente vinculada con uno de los momentos en que Hugo entendió que aquella colección no podía quedar solamente dentro de su casa. En 1988 participó de un encuentro de folclore denominado Traungriche (nombre a chequear), en el que habían sido convocados artesanos y personas vinculadas con diferentes oficios y materiales tradicionales.

Algunos de los invitados finalmente no pudieron participar y quedó disponible un espacio. Allí apareció una propuesta que terminó modificando el rumbo de la colección: llevar sus antigüedades para completar el lugar. Hasta ese momento, Hugo conservaba principalmente objetos pequeños distribuidos dentro de su casa. Para aquella exposición recibió además el préstamo de elementos de mayor tamaño, como herramientas de chacra, tarros lecheros, monturas y recados. El resultado de aquel día le hizo entender que había llegado el momento de sacar todo aquello de su casa y compartirlo con otras personas.

"Siempre me gustó explicar y saber de donde viene cada objeto" afirmó Hugo en dialogo con ANR. Foto Tania Domenicucci-ANR

 

“Ahí la cabeza me hizo un clic, dije: acá tengo que salir a compartir con la gente”, explicó. Fue entonces cuando decidió darle forma de museo a la colección y lo bautizó Pullu fucha, una expresión que tomó de un diccionario de lengua originaria y que significa “el alma de los viejos”. El museo permaneció abierto al público durante algunos años y Hugo comenzó además a recorrer distintos puntos de la provincia con sus piezas.

En total realizó 46 exposiciones ambulantes y según afirmó el coleccionasta roquense, algunas pequeñas y otras de gran tamaño. Para Hugo, el objetivo nunca fue simplemente poner una serie de objetos delante de la gente si no que su intención es explicar para qué servía cada cosa, cómo se utilizaba y qué historia podía contar. Esa tarea le permitía además generar algo que considera fundamental dentro del coleccionismo: recuperar recuerdos.

“Una vez que empezás a explicar, la gente empieza a aflorar los recuerdos de todo el mundo, "mi abuelo, mi tío, mi mamá, mi viejo". Hay muchas personas que vienen y te dicen yo no guardé nada de mis viejos, abuelos y es una lástima.”, relató.

En imagen, Hugo junto a su padre en un vehículo homenaje a un corredor de la región. Foto Tania Domenicucci-ANR

 

En aquellos años Hugo también convocó a distintos cursos de las escuelas para que recorrieran las piezas, desde los más chicos hasta estudiantes de primer año. La idea era que pudieran conocer herramientas, objetos y elementos que formaron parte de la vida cotidiana de otras generaciones, sin embargo, el museo abierto al público no pudo sostenerse durante mucho tiempo. Después de tres años, Hugo decidió cerrarlo y, ante las dificultades económicas de aquel momento, comenzó a vender parte de las antigüedades para intentar sostener otros proyectos personales.

Así el Museo Pullu fucha dejó de funcionar como museo tradicional pero el nombre permaneció. Actualmente el espacio funciona principalmente como un lugar de compra y venta de antigüedades y como proveedor para coleccionistas y comercios, aunque Hugo mantiene intacta la relación con la historia y con el coleccionismo que le dio origen.

¿Cómo conseguir objetos valiosos?

La manera de conseguir antigüedades también cambió con los años. Hugo afirma que ya no necesita salir constantemente a buscar objetos como lo hacía cuando era joven. Ahora son muchas veces los propios vecinos, conocidos y coleccionistas quienes se acercan para ofrecerle piezas. La razón, explica, está también en una problemática que observa cada vez con mayor frecuencia: cuando mueren las personas mayores, sus pertenencias muchas veces terminan en contenedores o son descartadas porque las nuevas generaciones desconocen su valor.

“Hoy no salgo a buscar, hoy la gente me consigue. Lamentablemente se mueren los viejos y va todo con los contenedore, es un tema”, sostuvo. Aun así, mantiene contactos y personas que recorren lugares donde pueden aparecer objetos interesantes. Algunas piezas las compra y otras no, dependiendo de si considera que puede ubicarlas entre sus clientes. Después de tantos años, asegura que ya no es sencillo sorprenderlo, pero todavía aparecen objetos capaces de llamar su atención.

Respecto a la decisión de vender los primeros objetos con lo que comenzó, Hugo afirmó que "las primeras las lloró como lloras a una criatura". Foto Tania Domenicucci-ANR

 

Entre las piezas que más le interesan están las herramientas y los objetos vinculados con los antiguos trabajadores rurales, porque entiende que muchas veces son elementos cotidianos que no reciben el mismo reconocimiento que otras antigüedades más vistosas. “En un negocio de antigüedades está todo puntillita, todo lindo. A mí también me gustan, pero, dentro de todo lo demás, me gustan los fierros”, explicó.

Para Hugo, el valor histórico no está necesariamente en una pieza extraordinaria. Puede estar en una herramienta sencilla utilizada por un trabajador rural, en un objeto que un inmigrante trajo desde Europa o en algún elemento que perteneció a los primeros habitantes de la región. “Para mí lo histórico es un sable, algo de la conquista, pero me apasiona más tener una herramienta de un empleado rural, una herramienta común. Yo le doy más valor a eso”, afirmó.

Las campanas de la primera estación de Roca

Entre las historias que conserva Hugo hay también objetos directamente vinculados con Roca y el Alto Valle. Uno de los episodios que más recuerda es el de las antiguas campanas de la estación ferroviaria de la ciudad. En una oportunidad, mientras hacía la fila en un banco, escuchó por casualidad a dos personas hablar sobre unos "hombres de Buenos Aires" que iban a llegar en busca de una campana. La conversación despertó su curiosidad y comenzó a investigar qué objeto era el que venían a buscar desde la capital del país.

Hugo comenzó a recorrer distintos lugares de la zona convencido de que esa campana pertenecía al ferrocarril. En una de esas recorridas llegó a una casa de antigüedades con la excusa de buscar un regalo para un amigo. Mientras observaba los objetos, escuchó que la esposa del dueño le decía a su marido: "Podríamos venderle eso". Sin entender de qué hablaban, oyó que el hombre respondía: "¿Y los de Buenos Aires?". En ese instante, Hugo entendió que había llegado al lugar indicado y pidió ver de qué objeto se trataba.

El museo de antiguedades está abierto al publico y todos los vecinos pueden acercarse a México 1015. Foto Tania Domenicucci-ANR

 

El propietario le mostró primero una antigua máquina de coser Singer que, según Hugo, "era hermosa". Sin embargo, lo importante estaba detrás de esa maquinaria. Cuando el dueño le dijo "mirá lo que está apoyado al costado", allí estaban las campanas de la primera estación de Roca y, sin dudarlo, Hugo las compró.

Otro de los grandes hallazgos llegó en una casa de reciclado. Hugo había ido un sábado, un día en el que habitualmente no concurría porque había demasiada gente, y terminó encontrando unas antiguas patentes municipales de Roca realizadas en bronce. ¿La razón de su visita aquel día? La noche anterior había soñado que encontraba "algo maravilloso" y decidió salir a ver si su sueño había sido una premonición.

Aquel día, en una de las cajas que un hombre había dejado horas antes, Hugo encontró las patentes número 1, 2 y 3, además de otras dos correspondientes al número 13. Para él fue uno de esos descubrimientos que justifican décadas de búsqueda. “Ese era un tesoro. Las primeras patentes de Roca... fue algo que me movió la cabeza”, recordó.

También logró conservar otros elementos relacionados con la ciudad, como carteles, patentes oficiales y objetos pertenecientes a antiguos pobladores de Roca. Esas piezas, a diferencia de otras antigüedades, no las puso a la venta.

Qué significa coleccionar durante más de 50 años

Con más de cinco décadas de coleccionismo, Hugo asegura que la actividad ya no puede separarse de su propia historia personal. Consultado sobre cuánto hay de él dentro del museo, resumió la respuesta en una frase: “Es mi vida”. A lo largo de los años también construyó una amplia red de vínculos con otros coleccionistas. Para él, una de las mayores satisfacciones que le dejó esta actividad son justamente los amigos que conoció a partir de una pasión compartida.

Actualmente recibe visitantes y coleccionistas de distintos puntos del Alto Valle y mantiene contactos con personas de otras provincias. Con la expansión de las redes sociales, además, comenzó a vender a distintos lugares del país a través de Facebook. Entre las piezas que hoy tienen mayor movimiento menciona las fichas de esquila, monedas, billetes, estampillas, patentes antiguas y carteles publicitarios. También existen colecciones mucho más específicas, que pueden incluir desde cucharitas de distintas partes del mundo hasta máquinas y objetos insólitos.

Hugo también conserva algunos autos antiguos, una afición que heredó de su padre y que hoy lo integra al Club de Antigüedades Móviles de Roca.

Respecto de los consejos para iniciarse en el coleccionismo, Hugo sostiene que no existe una fórmula complicada. El punto de partida, asegura, es mucho más sencillo: encontrar un objeto que realmente despierte interés. “Hay que arrancar. Es increíble, pero todo empieza con una pieza, la primera. Y a lo que te gusta, siempre le ponés pasión”, aconsejó.

Porque, aunque su actividad nació hace más de medio siglo entre cajas de fósforos y visitas a una casa de reciclado, Hugo Carballo sigue teniendo la misma curiosidad que cuando tenía 15 años: mirar entre un montón de objetos, encontrar una pequeña pieza que para otros pasó inadvertida y comenzar a investigar qué historia guarda detrás.

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