2026-04-30

De vender por redes a abrir su propia pastelería: la historia de una emprendedora que logró hacer crecer su sueño en Roca

Llegó a la ciudad en 2021, en plena pandemia y desde entonces emprendió la búsqueda de crear su propia marca y local. Participó de las Cocinas Comunitarias donde su sueño empezó a concretarse.

Marcel Chaparro es una emprendedora que llegó a Roca desde Tierra Fuego en 2021, en plena pandemia, con un sueño por cumplir: tener su propia pastelería. Con el correr de los años, tras mucho esfuerzo, ventas en redes, capacitación y un paso importante por las Cocinas Comunitarias, logró su objetivo. Con el respaldo y trabajo junto a su familia, su local tiene vida propia en pleno casco céntrico bajo el nombre de "Marale", en calle Santa Cruz entre Mitre y Tucumán. 

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Cuando llegaron  a la ciudad, Marcela estaba jubilada como enfermera de emergencias y contaba con experiencia como profesora de decoración de tortas, encontró en la pastelería una forma de reinventarse. En medio de las restricciones por el COVID-19, comenzó a capacitarse de manera virtual en un instituto de Buenos Aires para formarse como profesional.

Marcela Chaparro contó sobre sus inicios en la pastelería y cómo fue emprender recién llegada a Roca. Foto: Tania Domenicucci

Mientras tanto, como tantos otros emprendimientos, sus primeros pasos fueron a través de redes sociales, allí fue logró hacer su clientela y dar a conocer sus creaciones. Pero tenía claro que ese no era el techo. “Yo quería que mi producto algún día llegara a un local”, contó.

El camino hacia ese objetivo la llevó a tocar distintas puertas hasta que, a través del área de Bromatología del Municipio de Roca, conoció el funcionamiento de las Cocinas Comunitarias. “No sabía que existían. Me explicaron cómo era y me anoté”, recordó. Tras un tiempo de espera ingresó a la Cocina Comunitaria de Stefenelli.

De su paso por Cocinas Comunitarias a la cocina de sus propio negocio. Foto: Tania Domenicucci

Ese espacio fue clave para dar un salto. Allí, cada producto debía cumplir con controles, envasado y etiquetado habilitado. “Tu producto tiene que salir listo para ofrecerlo a un comercio. Todo está controlado”, explicó Marcela. Ese proceso le permitió empezar a distribuir sus elaboraciones en distintos puntos de la ciudad, participar en la Feria de la Maipú, Festival de la Sidra, el Paseo Aniversario y la Feria del Libro.

A pocos meses de haber comenzado, tuvo que someterse a una operación cardíaca que la obligó a frenar. “Yo pensaba que iba a perder mi lugar, no quería. Entonces el médico me dijo que podía ir a media máquina”, relató. 

En medio de su recuperación debía solucionar una limitación clave: la cocina comunitaria le daba un solo día por semana, cinco horas y tenía que aprovechar cada minuto. “Tenés todo para trabajar, pero tenés que llevar tus elementos”, describió. Fue en ese momento cuando su hija Abril le pidió que le enseñara a realizar los productos y se sumó para ayudarla.

 Junto a su hija Abril que se sumó al proyecto al igual que toda su familia. Foto: Tania Domenicucci

Desde ahí, el proyecto cambió de forma. Dejó de ser individual para convertirse en un trabajo familiar. Abril actualmente se ocupa de la parte contable y organizativa, otro de sus hijos de la producción audiovisual, su hija en Buenos Aires de las redes, su esposo del mobiliario y la logística. “Cada uno fue aportando lo suyo”, resumió.

Incluso, su pequeña nieta no quiere quedarse afuera: "Emma es la cara de Marale, tiene 9 meses. Y ella se da cuenta cuando uno viene a sacar las fotos o las filmas, y se pone en acción. Hay algunos videos que se subieron con ella como darle un toque tierno y de familia", mencionó. Y ese tono familiar no queda sólo en redes, sobre una de las paredes del comercio, Marcela tiene presente a toda su familia a través de fotos que le dan calidez al espacio. 

Y finalmente, el salto llegó antes de lo que imaginaba. A fines del año pasado, entre averiguaciones y contactos, apareció la posibilidad de acceder a un local. “Fue como un regalo. Nunca pensé que se iba a dar tan rápido”, admitió. La familia volvió a activarse, esta vez para montar el espacio y darle vida a ese sueño que nunca dejó de latir. 

Las cookies, una de las primeras creaciones de Marcela. Foto: Tania Domenicucci

Así nació "Marale", una marca que combina sus nombres - Marcela y Alejandra - y que, según definió: “tiene mucho de mi esencia”. Detrás del mostrador, la lógica sigue siendo la misma: producción diaria, trabajo constante a prueba y error. Con el local en marcha, también decidieron sumar una línea específica: productos sin azúcar agregada y sin harinas refinadas. “Pensamos en personas con diabetes o que no consumen azúcar. Queríamos ofrecer algo distinto”, explicó y afirmó que siempre se muestra abierta a las críticas constructivas o las recomendaciones de los clientes. 

En el recorrido, Marcela insiste en dos ideas que aparecen una y otra vez: la oportunidad y el esfuerzo. “Hay que capacitarse y aprovechar las oportunidades. Si no, siempre hay alguien atrás que lo va a hacer”, insistió. Y agregó otra condición que considera clave: “La salud, física y mental. Si no, no podés sostener nada”.

Hoy, con el local funcionando y el proyecto en marcha, reconoce que el miedo sigue estando. Pero ya no ocupa el mismo lugar. “El miedo te frena. En cambio, la fe no”, aseguró .

La historia no cierra en la inauguración. Más bien marca un punto de llegada parcial: de la venta por redes a una cocina habilitada, y de ahí a un local propio. Un proceso que llevó años, que tuvo pausas y obstáculos, y que —como ella misma lo define— se sostuvo con una decisión simple: “avanzar”.

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