REALITY
El sueldo de los jugadores de Gran Hermano y la cláusula polémica
En las vísperas del regreso de uno de los reality shows más populares del país, Gran Hermano, las conversaciones del público y los seguidores se han desviado de las tradicionales expectativas sobre las dinámicas en la casa. Ahora, la atención se centra en cómo se estructura financieramente este popular programa y las particularidades contractuales que acompañan a sus participantes.
En medio de un streaming que sacudió las plataformas digitales, se filtró un dato que activó el radar del público: el monto que cobrarán los jugadores que participen en esta nueva temporada, conocida como Gran Hermano: Generación Dorada. La escala de pago, según se dio a conocer, es de una base semanal sin grandes oscilaciones. Cada jugador podrá percibir 137,000 pesos por semana durante su paso por la icónica casa filmada.
Este esquema, acumulativo por naturaleza, significa que a medida que permanezcan en el programa, la cantidad de semanas definirá sus ingresos totales al abandonar el show. Si bien la cuantía resulta impresionante para algunos, el diseño de este sistema económico dentro del reality es mucho más complejo de lo que se puede apreciar a simple vista.
Más allá de las atractivas cifras, el contrato que se ha convertido en un tema crítico cubre una serie de obligaciones que los concursantes deben cumplir. No solo está en juego el visto bueno para ser grabados en todo momento, las letras más pequeñas del acuerdo revelan que la cesión de derechos de imagen va mucho más allá de los límites convencionales. Este documento otorga a la productora Kuarzo y al canal emisor, derechos absolutos y sin caducidad para utilizar el material en cualquier parte del mundo.
Estas provisiones han causado revuelo entre expertos legales y antiguos jugadores, al abrir el debate público sobre las condiciones de audiencia de este tipo de programas que, si bien ofrecen una plataforma de reconocimiento inmediato y posibles ganancias, también entrañan un nivel de exposición imperecedero y generalizado que podría acompañar a los concursantes más allá de su paso en la casa. Este contrato impone un velo de confidencialidad sobre todas las vivencias y la dinámica interna descubiertas durante el show, dejando claro que la privacidad tiene un precio, y ese precio se fija tras las paredes repletas de cámaras, en torno a un manto de compromisos perpetuos que continúan presentes incluso después de las efímeras luces del reality.