2026-02-08

Qué les pasa a los chicos que crecen en entornos violentos: señales que la escuela detecta y la mirada de una psicopedagoga

Cambios de conducta, dificultades de aprendizaje y problemas vinculares pueden ser señales de contextos violentos. En charla con ANR, la licenciada Lucía del Castillo detalla por qué la escuela es un espacio clave para detectarlos.

En las últimas semanas, los hechos de violencia de género volvieron a ser noticia en la ciudad. En uno de los episodios más recientes, la policía detuvo a un hombre acusado de agredir físicamente a su pareja frente a sus tres hijos, un hecho que abrió el debate sobre cómo estos entornos afectan la vida de los más pequeños. 

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La psicopedagoga Lucía del Castillo advierte que la violencia familiar, física o verbal, deja huellas profundas en la subjetividad infantil y suele manifestarse principalmente en el ámbito escolar. En diálogo con ANR, la licenciada afirma que la detección temprana y el trabajo articulado con organismos sociales son claves para intervenir.

En palabras de Del Castillo, los entornos familiares atravesados por situaciones de violencia generan un impacto profundo en el desarrollo emocional, social y educativo de niños y niñas, quien además señaló que estas experiencias influyen directamente en las conductas escolares, en las formas de relacionarse con sus compañeros y en los procesos de aprendizaje.

La psicopedagoga Lucia Del Castillo afirma que la detección temprana de situaciones de violencia familiar es clave, lograndolo a través de la observación cotidiana y la escucha cuidadosa de niños y niñas. Foto cortesía 

 

Desde una mirada psicopedagógica, Del Castillo sostuvo que “el aprendizaje y las conductas escolares no pueden pensarse de manera aislada”, sino siempre en relación con las condiciones subjetivas, vinculares y sociales en las que el niño se desarrolla. En ese sentido, crecer en un contexto de violencia afecta la posibilidad de sentirse seguro, reconocido y alojado, elementos fundamentales para aprender.

Estas situaciones suelen expresarse en la escuela de múltiples maneras. Entre las manifestaciones más frecuentes, la profesional mencionó dificultades para concentrarse, baja tolerancia a la frustración, conductas "disruptivas" o, por el contrario, retraimiento excesivo, inhibición y silencios persistentes. “No se trata de un ‘mal comportamiento’”, remarcó Del Castillo, y explicó que muchas de estas conductas son respuestas frente a un sufrimiento que los niños, según su edad, no siempre pueden simbolizar ni poner en palabras.

Además de estas manifestaciones, la experta explicó que también pueden aparecer problemas vinculares con pares y adultos, actitudes agresivas, desconfianza o una marcada necesidad de control. De todos modos, la especialista aclaró que ninguna de estas señales, por sí sola, confirma una situación de violencia, pero sí habilita a preguntarse y, sobre todo, a no naturalizar lo que ocurre.

En este contexto, la escuela cumple un rol central como espacio de detección temprana. “Muchas veces es el único ámbito donde el niño o la niña es mirado por fuera del núcleo familiar”, señaló. Cambios bruscos de conducta, expresiones de miedo o angustia, juegos reiterados con escenas violentas, dificultades persistentes en el aprendizaje sin causa pedagógica clara o un deterioro repentino del rendimiento escolar son algunas de las señales que deben encender alertas.

Ante estos casos, Del Castillo recomendó no confrontar ni exponer a los niños, sino generar espacios de escucha cuidadosa y activar los dispositivos institucionales correspondientes. “La intervención nunca debe recaer en una sola persona, sino que tiene que ser articulada entre la escuela, los equipos de salud y los espacios de orientación”, subrayó.

Consultada sobre la posibilidad de que los niños reproduzcan conductas violentas, la psicopedagoga aclaró que “los niños no son violentos en sí mismos, aprenden modos de vincularse a partir de lo que viven”. Cuando la violencia es el lenguaje predominante en el entorno, puede aparecer como forma de expresión o defensa.

En ese sentido, remarcó la responsabilidad de los adultos y profesionales de no sancionar desde la violencia, sino de ofrecer otros modos posibles de vínculo, habilitar la palabra y construir límites que no reproduzcan la lógica violenta que los niños conocen.

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