2026-01-11

De la albañilería a lo dulce: la historia de José, el vendedor de alfajorcitos de maicena

Actualmente abastece a ocho negocios de la ciudad y también a personas que revenden su producto. En invierno, las ventas en comercios crecen; en verano, su temporada fuerte es la calle.

Desde 2018, todos los sábados y domingos del mes, José Alberto Lincopan se para en la esquina de Primero Pobladores y Fritz Roy, camino a las costas del río. Allí, ofrece alfajores y pastafrolas que ya son reconocidos por todos los vecinos y vecinas de General Roca. 

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José es oriundo de Bahía Blanca. Llegó a Roca en octubre de 2018, en un momento personal difícil. Se había separado, habló con una roquense y decidió empezar de nuevo. “Vine por una amiga que conocí por Facebook. Me animé, me gustó la ciudad y me quedé”, recuerda. Lo primero que le llamó la atención fueron los espacios verdes y la tranquilidad. “Roca es una ciudad muy linda”, afirma.

José cuenta que en el último mes las ventas han frenado un poco. Foto: Tania Domenicucci-ANR

 

Su idea inicial no tenía nada que ver con la panadería. Es albañil y había llegado a la ciudad con todas sus herramientas para trabajar en la construcción. Pero el trabajo se frenó y, como él mismo cuenta, "cuando uno alquila los gastos no esperan". Fue entonces que apareció una alternativa que conocía bien: la panadería. “Había trabajado muchos años en Bahía Blanca y mi hermano tenía recetas guardadas”, comenta.

Empezó de a poco. Primero con berlinesas y bolitas de fraile, que vendía por redes sociales, hasta que se dió cuenta que necesitaba algo que durara más. Un día, su amiga le incentivó a que probara vendiendo sus productos en el balneario Apycar. Allí, le quisieron cobrar un plus por vender en el lugar y José decidió que no era rentable.

José llegó en 2018 y ocho años después afirma que General Roca ya es su casa. Foto: Tania Domenicucci-ANR

 

Al volver hacia la ciudad, le llamó la atención la gran circulación de autos por la calle Primeros Pobladores y al llegar a la esquina donde hoy trabaja, él mismo le dijo a su amiga “Dejame acá que voy a vender”. Así, sin casi conocer la ciudad, llegaron los alfajores a la ya reconocida esquina. “En dos horas vendí todo”, recuerda.

Desde entonces, José ya considera esa esquina como suya. Al principio combinaba la albañilería durante la semana y la venta los fines de semana. Pero con el tiempo, al ver que la clientela crecía, tomó la decisión: dejar la construcción y dedicarse de lleno a los alfajorcitos. “Hoy vivo de esto. Pago el alquiler, mis gastos y me doy algunos gustos... es hermoso trabajar de lo que a uno le gusta”, afirma.

Desde muy temprano, José trabaja preparando todo para mantener la calidad de sus productos. Amasa, cocina, los vende y también reparte a domicilio. En verano cocina de noche por el calor y en invierno arranca más temprano. Cuando habla de cómo hace para soportar tanto tiempo parado las altas temperaturas, explica que ha trabajado en el campo y “ya está acostumbrado al calor y al frío”.

Más allá de las ventas, lo que más valora es el vínculo con la gente. “Roca me recibió muy bien. Hice buenos clientes”, cuenta. Tanto, que cuando algún fin de semana no se instala en su esquina, los mensajes no tardan en llegar. “Me preguntan si estoy bien, qué pasó. Ya soy parte de ellos”.

Lejos de su familia, que sigue en Bahía Blanca, José asegura que en Roca encontró algo fundamental: paz. “Hago lo que me gusta, vivo tranquilo y de lo mío”, resume. Y deja un mensaje que el mismo que sostiene su historia: “El que quiere, puede. Hay que ponerle ganas, amor y hacer las cosas bien” afirmó, insistiendo que seguirá vendiendo sus famosos alfajores de maicena y pastafloras en la ciudad.

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