El Molino, la confitería roquense que marcó a varias generaciones y sigue persistiendo
A sólo pasos de la Avenida Roca, en pleno centro de la ciudad, una esquina huele a masa recién horneada, a café caliente y a recuerdos. La Confitería y Pastelería El Molino forma parte del paisaje afectivo de muchas generaciones en General Roca. Y, además, es el claro ejemplo de que la cultura y la identidad de un lugar hecho con pasión y trabajo, logra consolidarse y persistir en el tiempo a pesar de la presión al cambio inmediato y constante de las "nuevas tendencias".
"El Molino", conocido hoy por muchos como "El viejo Molino", fue fundado en 1930 por Don Miguel Arias y Anacleta Casado. Este comercio familiar cumplirá 95 años en actividad ininterrumpida, convirtiéndose no sólo en un clásico gastronómico de la región, sino también en un símbolo de identidad y memoria colectiva.
Hoy, al frente del negocio está José Luis Beneitez Arias, bisnieto de Don Arias, representante de la tercera y cuarta generación que continúa con la misma filosofía de trabajo que impulsó aquel primer local, ubicado originalmente en calle Tucumán.
"El inicio fue con mi bisabuelo, que emigró desde España, estuvo unos años en Carlos Pellegrini, Provincia de Buenos Aires, y vaya a saber cómo se entera que en el entonces, Fuerte General Roca, se vendía una panadería. Él se viene, él trae la familia, que hacía dos años que estaban en España solos, mi bisabuela con mi abuelo y dos tías abuelas"
En 1930, cuando apenas abrieron las puertas del Molino en Roca
El primer salón tenía apenas unas pocas mesas. En el fondo vivía la familia, y en el frente atendían a los vecinos que se acercaban a compartir café con masas. La esencia de lo artesanal ya estaba presente. Esos recuerdos, los atesora no sólo en la memoría o en los relatos familiares, sino también en la misma confitería con fotos y elementos de époco que eran utilizados por sus antepasados.
"Ese es el puntapié inicial. En 1930 ya se instalan acá en Roca y la panadería estaba en la calle Tucumán, donde hoy está la tienda Julio César. Ese local estaba dividido en dos, eran dos locales. Al fondo de ese local estaba la casa donde vivían, al medio estaba la cuadra y al frente estaba el salón", comentó José Luis.
La confintería a poco de mudarse y comenzar una nueva década en la ciudad.
Sobre el nombre, hay un origen entrañable que se remonta al pueblo natal de la familia en España, Benavides de Órbigo. "Hay mucho de mito familiar. En ese lugar donde vivían había un arroyo donde se había construido un molino, que movía el agua para moler harina. Era como un lugar muy icónico del pueblo, entonces como que entendemos que de ahí sale."
En 1942, el negocio se trasladó a un local más amplio justo enfrente, también sobre calle Tucumán. Allí funcionó hasta 1978, cuando se construyó el actual edificio en Avenida Roca. Desde entonces, El Molino se mantuvo en constante evolución, con algunos hitos curiosos, como la confusión generada por el nombre de otro bar histórico de la ciudad.
El Molino se estableció finalmente en calle Avenida Roca. Foto: (Tania Domenicucci - ANRoca)
"En el año 80, más o menos 80/81, abren en la Tucumán el bar El Viejo. Y le piden permiso a mi abuelo en ese momento, para poder ponerle El Viejo Molino. En referencia a toda la historia que había. Entonces casi automático se dieron cuenta que había sido un error, pero un error sano, digamos. Entonces se empezó a mezclar, el camión de harina iba ya descargado, el de cerveza vino descargado. Se confundían", comenta.
Durante décadas, el bar original de El Molino fue lugar de encuentro para familias, amigos y parejas. Era habitual que la visita al local formara parte de los rituales del fin de semana e incluso, cuando familiares de estudiantes pupilos del Maria Auxiliadora y del Domingo Sabio venían de visita los fines de semanas. Esa fuerte impronta regional se fue consolidando con el tiempo.
"Mandábamos mercadería a Bariloche o a Línea Sur, eran clientes que nos hacían los pedidos para cumpleaños o bodas. Me resulta muchas veces increíble, pero la otra vez, un matrimonio de Plottier, vinieron a comprar los merengues porque aprovechan el viajecito"
José Luis habla con emoción del rol de El Molino como parte de la vida de muchas personas en la ciudad y la región: "Es un lugar en donde nos tomamos tiempo para hablar con la gente, mostrar nuestra historia"
José Luis junto a uno de los dibujos realizados por sus compañeros de primaria. Foto: (Tania Domenicucci - ANRoca)
A casi un siglo de su fundación, El Molino enfrenta el desafío de mantenerse vigente sin perder su esencia. En un mundo atravesado por las redes sociales y el ritmo vertiginoso del consumo, José Luis resume la filosofía del negocio con una frase que lo dice todo: "Nosotros tenemos que cambiar sin cambiar, avanzar sin avanzar, renovar sin renovar."
"Jugamos con la memoria emocional de mucha gente, también hay un recuerdo de cómo son las cosas. Entonces uno intenta mantener eso", resalta.
En su búsqueda de estrategias, Jose Luis sostiene que el cliente tiene que percibir que "sigue siendo el lugar conocido de toda la vida", pero por otro lado el aspecto o el lugar lo tiene que atraer de manera constante. Mantener viva una empresa familiar implica también una fuerte carga emocional. Las decisiones muchas veces están atravesadas por el peso del legado.
Reliquias que atesoran en el local de Avenida Roca. Foto: (Tania Domenicucci - ANRoca)
En ese camino de equilibrios, siguen apostando por su propia cultura de trabajo, basada en la transmisión de saberes y en la permanencia de prácticas tradicionales. "La crema pastelera, por ejemplo, la cocinamos nosotros igual que hace 50 años. O el batido de la crema chantilly también lo hacemos nosotros. No es una crema artificial", comentó quién hoy se encuentra a cargo no sólo de la parte comercial, sino también de la parte familiar.
Jose Luis junto a los trabajadores de la cocina. Foto: (Tania Domenicucci - ANRoca)
Parte fundamental, los empleados, quienes lograron brindarle calidez al Molino e hicieron como propio el espirítu de familiaridad. Muchos de ellos, dedicaron gran parte de su vida, son recordados por vecinos con quienes supieron consolidar una amistad y muchos otros que siguen acumulando años de trabajo y dedicación.
La magia de la cocina
Uno de los secretos más fascinantes del lugar está en el horno, una reliquia que no se apaga nunca y guarda misterios que ni la ciencia parece poder explicar. Y que llama la atención de quienes alguna vez participaron de la excursión organizada por el Municipio de Roca.
La gran estrella, el horno que "nunca se apaga". Foto: (Tania Domenicucci - ANRoca)
"Hay determinadas cosas que las cocinamos con el horno viejo, que es un horno de piso, y es un horno que no se apaga desde que se construyó. Si nosotros ponemos las empanadas de vigilia con el repulgue para la izquierda, se cocinan de una manera, si las ponemos con el repulgue para la derecha, se cocinan de otra manera. Explícame, por qué. Y no hay manera, no hay forma de que le encontremos la explicación", traslada su sopresa ante lo incomprendible y lo mágico de la cocina a pesar de haber intentado resolver el misterio.