A 40 AÑOS DEL HUNDIMIENTO DEL CRUCERO EN LA GUERRA DE MALVINAS
El sobreviviente del Belgrano que dejó atrás los fantasmas y se radicó en el Alto Valle
Hoy se cumplen 40 años del hundimiento del crucero General Belgrano, luego de recibir el impacto de dos misiles desde el submarino nuclear Conqueror. Daniel Ramírez era un joven marino entrenado en el manejo de sistemas de guerra electrónica cuando sintió los golpes tremendos sobre la estructura. Después, la onda expansiva, el incendio, el agua que entraba a raudales, la desesperación por salir a cubierta y tirarse de cabeza sobre una balsa de emergencia. Semidesnudo, bañado en fuel oil, al borde de sus fuerzas, fue rescatado por el aviso Gurruchaga 36 horas más tarde.
En 2007 formó una familia en Cipolletti y pudo dejar atrás algunos fantasmas que lo perseguían desde aquel momento. Tiene seis hijos: cuatro de un primer matrimonio, dos con su actual pareja. Y el espectro de edades cubre una historia de vida: el mayor, 39; el más chico, 9. “Lo único que deseo es que estudien, porque es lo que les va a permitir sostenerse en la vida. Y que nunca, pero nunca tengan que vivir lo que nosotros vivimos”, comenta.
No fueron años sencillos para aquellos veteranos de guerra. De Ushuaia a Puerto Belgrano, unos días de “descanso”, un regreso a la normalidad… pero ¿qué normalidad? Los padecimientos psíquicos y físicos continuaron por muchos años. “En mi caso, costó mucho. Estuve internado en el hospital naval de Río Santiago, cerca de La Plata. Después, la adaptación a la vida civil fue complicada”, contó. “Habíamos ido a hacer algo, pusimos todo lo que podíamos poner de nosotros, y a la gente le dábamos lástima, recordó.
“¿Lástima o miedo? (piensa) Ambas cosas, porque para trabajar no te querían porque podías tener una reacción “no armónica” dirían los médicos, y causar conflictos internos. Por otro lado, nos victimizaron pero no nos ayudaron. Nos dejaron victimizados nada más. Nunca nos integraron realmente a la sociedad como deberíamos”, precisó.
Con el paso del tiempo y “de a poco fuimos integrándonos. Al principio, sin hacernos conocer que éramos veteranos. Y después, lentamente, empezamos a formar centros en todo el país y a agruparnos, para tratar de conseguir alguna ayuda”. Los años y una mayor sensibilidad de la sociedad, permitieron una comprensión de lo que pasaba entre aquellos veteranos que habían pasado por una experiencia terrible.
Hoy se permite reflexionar sobre el futuro y las cosas que les puede esperar a sus hijos. Sonríe cuando recuerda que en su adolescencia había elegido participar en la Marina de Guerra y su hijo más grande, en cambio, optó por ser guía de turismo. “Pero lo que les digo a todos es que estudien, que se capaciten. Que se reciban de algo para poder ganarse la vida y que nadie los lleve de la nariz”.
“El estudio también da la posibilidad de pensar y discernir sobre qué elección tomar en su vida. El mejor regalo que un padre le puede dejar a su hijo es el estudio. Y ojalá todos los chicos se volvieran adictos a estudiar a algo”, dijo Ramírez.
Ramírez abandonó la “guerra electrónica” para dedicarse a las comunicaciones satelitales. Logró formar una empresa que transmitía eventos culturales y deportivos para los canales de Buenos Aires y así llegó al Alto Valle rionegrino en la primera década de 2000. “Acá conocí a una cipoleña, me enamoré y formamos una familia. Desde 2007 estoy radicado en el valle”, explicó.
Y agregó: “hoy los chicos parecen más chicos. Uno como padre prefiere verlos más chicos y no verlos padecer las cosas que uno padeció. Por otra parte, los militares no llegaron de otro planeta, salen de la sociedad. Como el político, el periodista… todos salen de la sociedad. Y si salen tantos malos, es porque la sociedad no está funcionando. Y mañana puede ocurrir que a alguien, un líder, que quiera desviar los problemas del país con otro intento de recuperar los derechos soberanos de nuestra patria. Y están nuestros hijos involucrados. Con las fuerzas armadas como estuvieron siempre, porque no es de ahora, ir a una guerra es una locura más”.
Por eso, insiste en que las nuevas generaciones se capaciten y encuentren así un destino diferente al que tuvieron aquellos jóvenes que en 1982, hace 40 años, fueron subidos a una guerra que nunca habían imaginado.