LOS CHATARREROS, INVOLUNTARIOS DISPARADORES DEL CONFLICTO DE MALVINAS
Iban a desarmar una ballenera abandonada y fueron utilizados para justificar la guerra
Una conclusión que empieza a ganar fuerza entre los historiadores modernos es que la guerra de Malvinas fue buscada y provocada por los dos gobiernos: Leopoldo Galtieri y su Junta Militar en Argentina; Margaret Thatcher y su gabinete conservador en Gran Bretaña. Los dos atravesaban momentos críticos y duros cuestionamientos internos. Un enemigo externo siempre viene bien para consolidar la situación nacional y, de paso, cambiar la agenda. Después, cada uno siguió con su propia lógica. Los involuntarios desencadenantes del conflicto fueron los chatarreros que debían desarmar las instalaciones de una ballenera abandonada en las islas Georgias.
En 1981, al empresario argentino Constantino Davidoff se le ocurrió que podría ser una buena oportunidad de negocio desplazarse los 900 kilómetros que separan la costa argentina de aquellas islas, controladas por los ingleses. Por eso firmó un contrato con la firma escocesa Chiristian Salvensen, que incluía el desarmado y el retiro de los restos de las instalaciones que habían funcionado hasta 1960 en los puertos Leith, Stromness y Husvik.
Era una gestión complicada porque al ser ya en ese entonces una zona en litigio, tomaron intervención las dos cancillerías. Por el lado argentino, querían saber si ese convenio podía intervenir en el reclamo de soberanía. Los ingleses, si se adecuaban a la reglamentación de su propio país. Davidoff se entrevistó dos veces con el embajador en Buenos Aires y una vez con funcionarios del Foreign Office en Londres, cuando viajó para firmar el contrato.
Los dos gobiernos estaban perfectamente enterados de que el equipo de trabajadores argentinos tenía que llegar a la isla para realizar aquella tarea. Y los dos gobiernos decidieron intervenir para fomentar objetivos ajenos a los de Davidoff. Los comandos tácticos argentinos empezaron a planificar la llegada a Georgias. Los ingleses vigilaban discretamente y desplegaban al destructor Endurance.
La llegada de los trabajadores de Davidoff estuvo plagada de desprolijidades. El permiso estaba, pero en vez de ingresar por Grytviken, la capital de las islas, lo hicieron directamente por Puerto Leith. Los británicos exigían que llegan en un transporte inglés, pero como no había uno disponible desembarcaron en el Buen Suceso, un barco de logística de la Armada Argentina.
A partir de allí empezó una batalla comunicacional y propagandística: la prensa inglesa denunciaba la violación de la soberanía porque este grupo supuestamente había izado una bandera argentina. La argentina comenzó a ventilar que trabajadores argentinos (tan argentinos como los que serían apaleados en las plazas el 30 de marzo), corrían riesgo de ser detenidos y tomados como “prisioneros de guerra” por el Ejército inglés.
La tensión siguió escalando abruptamente, entre las exigencias de la diplomacia británica y las evasivas de la Cancillería argentina. El 25 de marzo, un destacamento al mando del tristemente célebre Alfredo Astiz desembarcó en Georgias. El día 28, los barcos argentinos estaban en puerto preparados para iniciar la llamada “Operación Rosario”. El 30 de marzo los ingleses ordenaron el desplazamiento del destructor HMS Antrim, seguido de otros dos buques de superficie y tres submarinos nucleares, a las Georgias del Sur. El resto de las unidades de la marina británica se puso en alerta de cuatro horas.
Las cartas estaban echadas. Ninguna de las partes estaba realmente comprometida con dar marcha atrás. La dictadura militar creyó encontrar una causa que le permitiría mantenerse indefinidamente en el poder, con el aval que recibiría de Estados Unidos. El gobierno conservador inglés, envuelto en una dura puja por “modernizar” su economía con el cierre de decenas de minas de carbón en la región de Gales, no hacía pie en la opinión pública.
En el medio quedaron Davidoff y su centenar de trabajadores, que fueron utilizados como excusa para promover una determinada acción bélica. En las últimas entrevistas que dio, el empresario siguió asegurando que no tuvieron nada que ver con una planificación militar y aseguró que el izamiento de una bandera argentina fue un invento de la inteligencia inglesa.