Jueves, 14 de diciembre de 2017
Gustavo Marín
Psicólogo, escritor.Ver más
Psicólogo, escritor.
¡Amistad, bendito tesoro!

¡Amistad, bendito tesoro!

Aprovechando los festejos por el día del amigo, compartimos una columna imperdible del psicólogo Gustavo Marín. "Celebrar la Amistad, es que propongo tener una mirada sobre este aspecto de la vida humana", asegura.

Basándome en la producción escrita del Dr. Enrique Pichón Riviere es que podemos decir que el ser humano es una síntesis, el punto de llegada, de una historia social  e individual.

Cada persona es emergente de una complejísima trama de vínculos  y relaciones  sociales que determinan esos vínculos. Es por ello que no es posible concebir a un  hombre o una mujer como un ser aislado, sino por el contrario como un ser social, histórico y concreto, es decir perteneciente a una determinada clase social, cultura, grupo étnico, religioso, etcétera.

El ser humano se caracteriza por ser un ser social, un ser de necesidades que solo se satisfacen socialmente en relaciones que lo determinan.

Nada hay en él, que no sea resultante de la interacción entre individuos y grupos. El motor de todo esto es la necesidad. La búsqueda de la satisfacción  de esa necesidad está en el exterior, y esto promueve la relación con el mundo externo, con los demás (que empieza con el bebé buscando la teta).

La necesidad aparece así como el fundamento motivacional de toda experiencia de contacto, de todo aprendizaje, de todo vínculo. La satisfacción a la que se accede en la experiencia con el otro es eminentemente social, vincular.

Todo esto avala  que la amistad es uno de esos vínculos que nos humaniza, nos permite re significar nuestra vida, construirnos, evolucionar, acompañarnos, trascender muchas de nuestras limitaciones y disfrutar en compañía esta vida que nos fue dada.

La amistad es una bendición, cuando se caracteriza por el compartir, el compañerismo, la solidaridad, la apertura, el afecto, la admiración, el respeto, el buen humor, la confianza, la ayuda mutua, el apoyo y el placer de estar juntos.

Es una grata sorpresa saber que uno no está solo en este mundo, que muchas veces se torna hostil, incómodo y algo confuso.

Somos seres sociales y necesitamos de otros (de otros sensibles por supuesto).Las relaciones humanas no siempre son fáciles, ya que somos complejos con muchas cargas familiares, culturales que hace que tendamos a no mirar con buenos ojos a los demás. Por eso es una celebración encontrar amigos, amigas, que a uno le llena el alma, con quien se comparte cierta cosmovisión de la vida, cierta idea de cómo vivir, de trabajo, de disfrute, de espiritualidad (valores). En donde las diferencias te nutren y amplían la mirada y las consonancias (o acuerdos) se festejan.

Es en la Amistad que podemos encontrar algo que todo humano ansía: Intimidad. Esa intimidad que nos hace conocernos y darnos a conocer en profundidad. Es allí donde nos podemos mostrar tal cual somos, sin máscaras, ni ocultamientos, y permitirnos ser vulnerables, sin temor a ser dañado. Allí podremos ser conocidos sin limitaciones de manera genuina y verdadera, valorados sin hacer ningún esfuerzo.

Somos pares, somos con el otro y el otro es con nosotros. Nuestras amistades nos aceptarán tal cual somos, pero a la vez nos dirán su verdad, amorosamente, y a veces duramente, porque lo necesitamos.

Considero que necesitamos de espacios de soledad, es a la que llamo una Soledad Vital, porque cuando uno está solo, puede conocerse en sus pensamientos, sentimientos y deseos más profundos. Y así dejamos de tenernos temor a sí mismo. Una de las  conveniencias de la soledad radica que para lograr relaciones íntimas saludables, o sea estar con otro sin depender de él, primero hay que aprender a estar solo y hacerse amigo de uno mismo.  Pero también existe una Soledad Interpersonal o Social, que requerimos superarla, ya que, como dijimos somos seres sociales y satisfacemos nuestras necesidades con otros, en grupo.

La cooperación, la solidaridad, nos rescata del individualismo egoísta, nos saca del aislamiento, de la depresión y del dolor cuando estos tocan a nuestra puerta. El dolor compartido, se hace más tolerable. “Todo mi patrimonio son mis amigos”, decía la escritora Emily Dickinson.

Nuestra sociedad ha dado amplio espacio a la relación de pareja y familia nuclear, relegando a segundo lugar  las relaciones de amistad. Es real que la pareja y la familia, también son vínculos en donde se da la intimidad, el desarrollo personal y vincular, el tema es que estos espacios se terminan por sobrecargarse de exigencias y expectativas al ser los  únicos lugares de intimidad.

Mi amigo senderista Guillermo Peano, comenta que muchas personas solas se acercan a hacer caminatas en las montañas, buscándose a sí mismos, ya que vienen de situaciones de perdida de sentido, o separaciones o gran estrés. Y se sienten reconfortados al sentirse Uno con  la naturaleza, y darse el tiempo para reflexionar sobre sí y a la vez vivir ese acompañamiento por el grupo. Pero demasiadas veces sucede, que cuando se ponen en pareja abandonan las caminatas, las juntadas, las amistades, todo eso que los nutría lo dejan para volcarse totalmente a su nueva relación, con el riesgo de ahogar la misma y repetir historias.

¿Cuántas canciones y películas hay que hablen de relaciones de amistad y cuántas de pareja? Estas últimas ganan ampliamente la partida. Las amistades enriquecen nuestra vida, y debemos fomentarlas. Y no necesitamos un millón de amigos, más vale pocas conexiones pero profundas y sinceras. No hay recetas para encontrar amigos/as, lo que es seguro, que si nos encerramos, nadie nos vendrá a golpear la puerta, por lo tanto debemos salir al mundo, participar de grupos, animarnos a invitar a alguien para conocernos.

Y sí hemos sido heridos por una amistad, no es excusa para aislarse, las relaciones no son perfectas, también nosotros podemos herir sin darnos cuenta y requerimos levantarnos, perdonar (nos), sanar nuestras heridas e intentar nuevas relaciones de amistad que nos permita abrazar la vida de a dos.       

    

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