Jueves, 14 de diciembre de 2017
Gustavo Marín
Psicólogo, escritor.Ver más
Psicólogo, escritor.
Felicidades a la función paterna

Felicidades a la función paterna

En el Día del Padre. nuestro columnista, el psicólogo Gustavo Marín, nos regala una columna imperdible.

Aclaro que soy consciente que el festejo del día de la madre o del padre, puede traer felicidad a algunos, pero también dolores a otros, ya sea por duelo,  ausencia, relación conflictiva con los padres o hasta el hecho de haber atravesado situaciones traumáticas con ellos. Y  la conmemoración de estas fechas,  reactivan algo de esto que estaba latente o a flor de piel. Corresponde en un futuro buscar festejos que integren.

Buscando el lado positivo de las cosas, quizás el Día del Padre nos ayude para reflexionar alrededor de algunas cuestiones sobre este rol significativo en la vida de una persona.

Nadie es padre simplemente porque engendro un hijo, se puede ser simplemente un progenitor. El rol paterno se ejerce, implica una función. Claro que esta función también puede ser cumplida por otra persona (cualquiera sea su sexo) que no sea el padre (masculino).

Intuyo que el padre es quien representa la acción sobre el mundo.  Si nuestra madre, nos abriga, nos da calor, nos alimenta y fortalece nuestra confianza en sí mismo, el padre es quien nos empuja a la vida, para que busquemos nuestro propio camino, nuevos rumbos, para dar el salto a la madurez.

El padre es portador de la autoridad, que demasiadas veces ha sido confundida con autoritarismo. Mi padre no necesitó ni gritarme ni amenazarme para transmitirme las reglas de la vida que él creía. Él poseía una autoridad basada en el respeto, el diálogo y  la claridad. Ni a mi hermano ni a mí, nos tuvo que decir cuando llegamos a la adolescencia que había dos opciones: o estudiábamos o trabajábamos; eso lo sabíamos tácitamente. Mi hermano decidió trabajar tempranamente, y yo estudiar, no porque me gustara, sino porque era el peor de los dos males.

Cuando repetí tercer año del secundario, le dije si me daba una segunda oportunidad, y aceptó. Yo sabía que no iba a haber otra. Y seguí….

Cuando me recibí en la Universidad, ya estaba casado y teníamos a nuestro hijo Latino de dos añitos y nos instalamos en General Roca. Y gozaba del sueldo de hijo. Al tiempo conseguimos trabajo con mi esposa, mi padre dejó pasar un tiempo (meses) y un día se acercó y me dijo que no me pasaba más dinero, que ya tenía que poder mantenerme solo, ya que ambos trabajábamos. Como hijo, en ese momento me dolió su decisión. Luego me di cuenta que es lo mejor que pudo hacer, me terminó de lanzar al mundo adulto, y ya no dependí más de él. Los límites son esenciales para que nos desarrollemos como seres autónomos y libres.

Los padres debemos guiar a nuestros hijos, acompañarlos en su proceso de crecimiento, sostenerlos pero no estar arriba de ellos, dejarlos que se equivoquen y estimularlos a que se animen a vivir su vida, a buscar su destino. Es esperable que nuestros hijos se enojen con nosotros, porque deberemos frustrarlos en más de una vez, decirles que no, que no todo vale, que en la vida hay reglas y que nosotros ponemos nuestras reglas (sean de su agrado o no), y ellos harán lo mismo el día de mañana. Y debiéramos ser contenedores de su enojo, no reprochárselo, hacerles saber que estaremos abiertos para cuando quieran volver a hablar. Frustrarlos, y darles afecto, van juntos.

Mi padre me decía que yo debía poder superarlo a él. No sé bien a qué se refería, interpreté:  “busca tu propio desarrollo, no te detengas, tienes mi bendición”. Y pude tomar lo mejor de él, y aprender de sus errores. Y así  me sentí dueño de mi vida.

Los hijos debiéramos aspirar a quedar a cero con nuestros padres, o sea, -no te debo nada, no me debes nada-. Liberar las expectativas que tenemos uno del otro. Y mantener una relación de adultos, simétrica, honrando que la vida vino a través de ellos, y que eso no tiene precio, por eso no hay que pagarlo.

Como padre espero de mis hijos, que hagan su vida, que busquen su camino, que se liberen de mi mirada, que estén en su eje, que escuchen el llamado del destino y no se queden mucho tiempo en el pasado, o mirando al costado.

El gran desafío es que los padres respeten la vida (las elecciones) de sus hijos y que los hijos, respeten la vida (con sus equivocaciones) de los padres. La armonía se va dando cuando cada uno va ocupándose de sí mismo, y esto no tiene por qué limitar o borrar el afecto sincero del vínculo.

Demasiadas veces, la culpa y los reproches vician esta relación, y bloquean muchos aspectos de la vida. Nos cuesta mucho aceptar que las relaciones son imperfectas, y que cada uno hace lo que puede y que la vida es hacia adelante. Demasiadas veces los padres toman a los hijos y los hijos a los padres, como causante y excusa de su infelicidad, negando la propia responsabilidad que cada uno tiene de su vida, y de su plenitud. No hay nada de grandeza en quejarse y culpar a otros.

Es mi deseo que todo sirva para evolucionar y continuar sanando nuestras relaciones afectivas, que logremos una identidad más flexible y aunque no podamos cambiar lo que nos ha sucedido, podemos mirarlo con ojos nuevos, ojos que enciendan nuestra comprensión y corazón amoroso.

"A través de la historia, los cambios fundamentales en las sociedades no resultan de los dictámenes  de los gobiernos ni del resultado de las batallas, sino del hecho de que gran cantidad de personas cambian su manera de ver las cosas, a veces sólo un poco".

Willis Harman

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